Publicación de la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, para contribuir y difundir el conocimiento histórico. Publicación de la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, para contribuir y difundir el conocimiento histórico.

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ISSN 1669-9041
Es una publicación anual de la Escuela de Historia para contribuir a la divulgación del conocimiento histórico.
Universidad Nacional de Salta
 


REVISTA 7 

ESCUELA DE HISTORIA
Año 7, Vol. 1, Nº 7, Año 2008
 

Artículos



PROGENITORES Y ADOLESCENTES EN LA ENCRUCIJADA DE LOS CAMBIOS DE LOS AÑOS SESENTA. LA MIRADA DE EVA GIBERTI

 (PARENTS AND TEENAGERS AT THE CROSSROADS OF CHANGE IN THE 1960S. EVA GIBERTI'S VIEW)

Isabella Cosse[1]

Universidad de San Andrés, 25 de Mayo C1000ABL, CABA, icosse@mail.retina.ar

 Resumen: Los años sesenta y los tempranos setenta han quedado asociados no sólo a las utopías políticas sino, también, a las revoluciones en el mundo de la familia, la pareja y la relación entre padres e hijos. Con intenciones de avanzar sobre este problema para la Argentina, en este artículo se analiza el libro Adolescencia y educación sexual, escrito por Eva Giberti, una de las figuras más importantes en la renovación del paradigma de crianza de los niños y los adolescentes en los años sesenta. Para ello se estudian, primero, las visiones de esta autora sobre los problemas y los conflictos que tenían padres e hijos y, luego, las perspectivas que ella tuvo del mundo de los adolescentes.

Este análisis, basado en el repertorio documental del archivo de la autora y en revistas de la época, permite afirmar que Giberti representó una vía moderada de cambio, que mantenía las bases instituidas de la organización doméstica y los roles de género. Pero era, también, una visión que cuestionaba un cúmulo de actitudes cotidianas de las relaciones entre la pareja y entre padres e hijos, en pos de la tolerancia, el respeto y la autonomía de cada integrante de la familia, con lo cual generó una profunda conmoción en la época.

 Abstract: The 1960s and early 1970s have come to be thought of as a time not only of political utopias but also of revolutions in family, couples and parent-children relationships. This paper explores these revolutions in Argentina through an analysis of the book Adolescencia y educación sexual by Psychologist Eva Giberti, one of the most important figures in the transformation of the paradigm of child and teenage rearing in the sixties. I begin with a study of Eva Giberti’s views on the conflicts between parents and children, to then focus on her conceptions regarding the world of teenagers.

This analysis, based on the documentary archive of Eva Giberti and on magazine articles of the time, reveals that Giberti ultimately supported traditional gender roles and the basic foundations that underpinned the organization of domestic life, and therefore represented a moderate change in family relations. Her views, nonetheless, transformed a great many aspects, as she also questioned common attitudes that shaped family dynamics, calling for greater tolerance, respect and autonomy for the individual, thus proving quite earthshaking for the time.

 Palabras clave: History; Crianza; Adolescencia; Familia; Argentina; Cultura; Años sesenta

 Key Words: History, Bringing Up; Teenagers; Family; Argentina; Culture; Sixties

 

Introducción

Los años sesenta y setenta fueron una época de profundas transformaciones. Tiempos de modernización cultural, de crecimiento del consumo y de radicalización política. Los cambios, y las intenciones de provocarlos, involucraron no sólo al espacio social y político sino también al de la vida privada. Mientras las utopías sociales y políticas de entonces son pensadas hoy en términos de derrota, otra es la sensación respecto a los impulsos destinados a cambiar el mundo de la familia, la pareja y la relación entre padres e hijos.[2]

Dicho en forma rápida, la generación del sesenta es vista como la avanzada de un nuevo modelo familiar con pautas transgresoras que la sociedad terminó aceptando unas décadas más tarde. Pero estas controvertibles ideas recién ahora están mereciendo un intento de comprensión histórica. Los avances existentes advierten que en estos años la sociedad argentina dejó atrás muchos tabúes en torno a la sexualidad, la pareja y el matrimonio. Pero, también, se remarca que estos cambios estuvieron atravesados por una fuerte tensión entre los impulsos modernizadores y los tradicionales, recalcándose la timidez de los movimientos feministas, su tardía aparición y el peso relativo de los movimientos contraculturales. [3]

Este artículo intenta avanzar en la comprensión de estos problemas a partir del análisis del libro Adolescencia y educación sexual, escrito por Eva Giberti, apoyándose, también, en el repertorio documental del archivo de la autora y de revistas de la época. La obra tiene interés por múltiples razones. En primer término, la figura de Giberti permite enfocar un emprendimiento de proyección nacional, dirigido a amplios segmentos de la población y que, en términos sociales, interpelaba a los amplios segmentos medios, pero también a los sectores populares. En segundo lugar, el libro tuvo un carácter pionero en su género en la Argentina de la década del sesenta. Por último, la obra resulta un inmejorable mirador de los conflictos entre padres e hijos y los temores en torno al cambiante y complejo mundo del adolescente que constituyó uno de los tópicos de mayor transformación en los años sesenta, no sólo en el ámbito familiar sino también en el escenario político y cultural. Con esta preocupación, las páginas siguientes retratan los problemas y conflictos que a la luz de esta fuente tenían los adolescentes y progenitores, y analizan las perspectivas que de ellos tuvo una de las figuras argentinas más importantes en la renovación del paradigma de crianza de los niños y los adolescentes en los años sesenta.

 

Eva Giberti, su público y las imágenes de familia

Eva Giberti, como ha explicado Mariano Plotkin, fue una de las difusoras más importantes del psicoanálisis y facilitó su expansión en la Argentina. En 1959, ya graduada en Asistencia Social, al regresar de un viaje de formación en Europa, comenzó a publicar una columna en la prensa denominada “Escuela para padres”, que la posicionó rápidamente como una de las divulgadoras más importantes de una nueva forma de crianza de los niños en los medios masivos de comunicación, en sintonía con la prédica de Florencio Escardó, su marido y reconocido pediatra con larga trayectoria pública y promotor importante de los cambios. Inicialmente, su columna se publicó en el diario La Razón y, posteriormente, en distintas revistas femeninas de difusión masiva (Para Ti, Vosotras, Mamina y Nuestros Hijos) que dieron lugar a dos compilaciones (Escuela para padres y Adolescencia y educación sexual).[4] El periodismo era parte de un emprendimiento más global de Giberti en el cual figuró la coordinación de la Escuela para padres, una institución dedicada al asesoramiento en los problemas familiares, en el marco del Hospital de Niños, además del consultorio privado, el dictado de conferencias y cursos, la conducción de programas de televisión y la publicación de libros.[5] Giberti fue una pionera en la formación de grupos de padres, pero no fue la única en ofrecer este tipo de asesoramiento psicológico. Por el contrario, existieron otros emprendimientos profesionales que atendían el manejo de las relaciones familiares. Este hecho, junto a la perspectiva psicológica de los mismos, constituye un importante indicio para comprender los cambios en el paradigma pedagógico respecto a la familia.[6]

El libro aquí analizado está formado por tres volúmenes, editados con cierto descuido. De acuerdo con las imágenes de las tapas, la obra presentaría una serie escalonada para distintas etapas de la adolescencia. La primera edición estaba fechada en 1969, es decir que se publicó en el contexto de un clima político y cultural marcado por el carácter moralista y represivo del gobierno de Onganía. Se publicaron dos ediciones anuales hasta 1971 y después de esa fecha se realizó una edición cada dos años. Esta colección es una saga de la famosa Escuela para padres aparecida en 1961 y que llegó a vender 150.000 ejemplares.[7] Adolescencia y educación sexual habría alcanzado los 50.000 ejemplares. Esta, al igual que la colección anterior, está formada por una recopilación de artículos aparecidos originalmente en la prensa.

Al publicarse esta obra, el emprendimiento de Escuela para Padres se había transformado en una institución importante que tenía distintas ofertas: asesoramientos grupales, consultas para niños, adolescentes y adultos (ya fuesen solos o con su familia) y cursos y grupos de estudio para maestros y profesionales y para el público general. Esta iniciativa tenía repercusión a escala nacional, como mostraba el hecho de que existiese interés en formar grupos de Escuela para Padres en Bahía Blanca y San Luís, y que se publicasen notas de Giberti, en forma esporádica, en distintos periódicos provinciales como El Territorio de Resistencia, la Voz del Interior de Córdoba, Diario de Cuyo de San Juan, entre otros.[8]

¿Para quién escribió Giberti Adolescencia y educación sexual? El libro, al igual que la propuesta institucional, estuvo dirigido a los padres. En verdad, más que a los dos, la colección estaba destinada a las madres. Las madres que retrata el libro, en general, no trabajaban y carecían de empleada doméstica. Su mundo aparecía reducido al entorno hogareño a pesar de las continuas referencias a la necesidad de actualizarse y de estar al día. En cambio, sus maridos solían estar ausentes del hogar a raíz de sus responsabilidades laborales. De allí que el compromiso del padre con la educación de los hijos resultase claramente menor que el de sus esposas, aunque, como se verá, este es uno de los problemas más graves que enfrentaban las familias, según la autora.[9]

Las familias retratadas por el libro estaban compuestas por una pareja y dos hijos. En pocas ocasiones se referían conflictos suscitados por el trabajo femenino o la separación del matrimonio. La imagen materna propuesta era la de una mujer que realizaba las tareas domésticas, atendía a sus hijos, escuchaba la radio y estaba interesada por las novedades que, como el libro, podían ayudarla a cumplir mejor sus funciones familiares. El marido se ocupaba de proveer las necesidades económicas de la familia, administrar el dinero y realizar los pagos, compras y reparaciones del hogar. Estas familias parecían contar con una vivienda convenientemente equipada y con espacio para cada uno de sus integrantes. Podría ser tanto un departamento como una casa de barrio, ya que el libro hace referencias a la sociabilidad barrial, las barras de adolescentes, la mirada de los vecinos sobre la familia y la posibilidad de observar a través de la ventana. La vivienda, las vacaciones, el auto -que en ningún momento manejaban las mujeres- y la vestimenta eran objetos importantes de su vida, símbolos de estatus que exigían una carrera para obtenerlos. También lo era la educación de los hijos y la posibilidad de garantizarles “un futuro”. Los hijos solían haber ido, o irían, al jardín de infantes, realizaban estudios secundarios y podrían seguir estudios universitarios. Pero sus progenitores no siempre lo habían hecho ya que, si bien había ejemplos de padres profesionales, otros desconocían las claves de esos universos sociales. De allí que Giberti debiese explicar con pormenores cómo funcionaban los exámenes en la Universidad. Por otra parte, las “villas miseria”, los niños de piel “morocha” y los apremios económicos serios quedaban fuera del mundo social presentado en las páginas de la colección. Las menciones a estos grupos sociales se limitaban a retratarlos como “otros” que no debían ser discriminados.[10]

Los padres de estos adolescentes de fines de los años sesenta habían nacido entre los años veinte y treinta, un período en el cual el modelo de familia nuclear ya estaba conformado y el número promedio de hijos por mujer estaba en pleno descenso, situándose en 3,2 para 1947. Esta generación debió casarse hacia la década del cincuenta y por ello protagonizó los coletazos finales de ese pequeño “baby boom” que surgió en los tiempos del primer peronismo. Para el momento de la publicación de la colección, esta generación vivía mayormente (67,9%) en hogares nucleares. Tampoco era extraño que las mujeres no trabajasen: en 1960 sólo lo hacía el 21.5%, proporción que disminuía mucho si la mujer estaba casada y tenía hijos.[11] De tal modo, la familia que protagonizaba Adolescencia y educación sexual estaba formada por un matrimonio y sus hijos, una mujer ama de casa y un varón proveedor, para quienes enviar a los hijos a la secundaria y desear que sus hijos fueran a la universidad era un comportamiento fuera de discusión. Todo indica que se trataba de la familia “típica” de los sectores medios.[12]

Por supuesto, este tipo de familia expresaba las imágenes que la autora suponía adecuadas para presentarles a sus lectores. Es decir, representaciones apropiadas, según la autora, para facilitar la identificación de los progenitores que compraban la obra, aunque éstos bien podían estar alejados de tales retratos. Así, estas imágenes eran parte de las construcciones de estereotipos de la autora en el marco de su estrategia discursiva y pedagógica. En este sentido, el análisis de la distancia entre las representaciones y la vida de los lectores debe contemplar las intenciones de la autora. Hipotéticamente, por ejemplo, la decisión de apelar a la “ama de casa” podría ser un modo de legitimar un discurso nuevo sobre las relaciones familiares mediante el uso de visiones consolidadas sobre los roles de género. Pero tal referencia podría estar unida a la intención de presentar un retrato de familia con menores dificultades económicas que las que realmente enfrentaban las lectoras del libro. De este modo, las lectoras podrían proyectar en la familia retratada una situación económica familiar que les permitiría dedicarse por completo a su casa, cumpliendo, quizás, la aspiración de detentar una posición social más elevada de la que tenían. Más allá de la veracidad de este razonamiento, lo que interesa es remarcar que existió un complejo juego en el cual los prototipos del libro deberían ser leídos como proyección de expectativas y mandados interiorizados de las posibles lectoras, más que como reflejo de sus pautas de vida.

De hecho, las revistas en las cuales Giberti escribió se dirigían a un público femenino que era construido en otras secciones mediante la apelación a la condición de mujer, madre y ama de casa más que en términos de trabajadoras. No casualmente, la autora estuvo ausente del plantel de revistas que, como Primera Plana, estuvieron dirigidas a la clase media alta, interesada en las vanguardias tanto artísticas como intelectuales, y que realizaron una apuesta fuerte por la modernización de la sociedad argentina, incluyendo a la sexualidad, las relaciones de pareja y la educación de los niños. Sin duda, el estilo liviano y directo de Giberti hablándoles a las “mamás” no estaba en sintonía con el modelo de revista moderna de los sesenta.[13] Dentro del extenso abanico de las madres y padres de clase media, era necesario que los potenciales lectores interesados estuviesen dispuestos a comprar un libro sobre la educación de sus hijos. En verdad, este era un impulso que la propia Giberti promovía cuando subrayaba la importancia de contar con la perspectiva de los especialistas para el manejo de las relaciones entre padres e hijos.

 

Desafíos de Adolescencia y educación sexual

 

La publicación de la trilogía debe insertarse en una etapa de lucha en contra de la interdicción a tratar públicamente sobre la sexualidad de la cual emergió un nuevo paradigma sexual entre 1950 y 1970. La educación sexual tuvo un papel central en esta renovación en función de ofrecer una plataforma clara y compartida por diferentes actores. En la bases de esa plataforma se encontraba la idea de que la sexualidad estaba presente en las conductas infantiles desde el mismo momento del nacimiento, definía la personalidad y la identidad de los niños y debía ser abordada mediante la verdad y la franqueza por parte de los padres. Estos principios suponían que la curiosidad y el deseo sexual eran normales, naturales y sanos.[14]

Eva Giberti y Florencio Escardó tuvieron un papel central en la promoción de esta nueva perspectiva de la educación sexual. No obstante, la importancia de estas figuras en la constitución de este nuevo paradigma sexual se enmarcó en la existencia de un amplio conjunto de actores que compartían la necesidad de erradicar los tabúes y mentiras que se les decían a los niños, entre los cuales debe mencionarse a psiquiatras y psicoanalistas con una larga trayectoria en temáticas infantiles como Telma Reca, Arnaldo Rascovsky, Arminda Aberastury, y Mauricio Knobel. A la actividad de estos referentes de la psicología infantil se sumaban instituciones que promovían la educación sexual. Por ejemplo, en el área de la salud los hospitales comenzaron a crear consultorios de educación sexual –como el del Hospital de Ciudadela-, se formaron Centros Municipales de Adolescencia y de Sexología y Educación Sexual y surgieron acciones de educación sexual de la Federación Argentina de Centros de Planificación de la Familia.[15] Estos actores e instituciones legitimaban la necesidad de un cambio en el paradigma de la educación sexual en su práctica profesional. Lo mismo sucedía con Giberti. Marginada de los centros psicoanalíticos, nuestra autora se posicionó como psicóloga actualizada –especialista en la temática familiar- nutrida, además, de un conjunto de conocimientos modernos, científicos y extranjeros producidos por las nuevas ciencias sociales, como lo eran la sociología y la antropología que se condimentan, en ocasiones, con la historia y la biología. Como ha planteado Plotkin, esto le permitió presentarse con un discurso progresista y modernizador que no era revulsivo en extremo.[16]

 Desde este posicionamiento, Giberti en Adolescencia y educación sexual se diferenció muy claramente de otras propuestas. Se trata de un libro dirigido a los progenitores para instruirlos en la problemática relativa a la adolescencia y la educación sexual. La obra se ocupó de una nueva zona conflictiva entre padres e hijos, preocupándose de un tópico que generaba dudas y dificultades a los padres y que se instalaba como un problema nuevo. En este sentido, si Escuela para padres tenía en el doctor Spock[17] su alter-ego, la nueva colección, parecía carecer de semejantes extranjeros. En 1961 Escardó reclamaba la importancia de la educación sexual y señalaba las carencias en el medio de un libro que ayudase a los padres.[18] Unos años después, Giberti ofrecía una primera obra argentina, en formato manual, que prometía suplir las deficiencias en el medio.

Ahora bien, al observar el índice de la colección Adolescencia y educación sexual sorprende que trataba mucho más de la adolescencia en términos generales que de la educación sexual en sí misma. Incluso, cuando ésta era abordada muchas veces se refería más a las experiencias infantiles que adolescentes. Esto probablemente esté vinculado a la importancia que tuvieron los niños en la experiencia profesional de Giberti y a su concepción de la educación sexual. Una de las claves más importantes de la autora radicaba en que debía hablarse de la sexualidad a los hijos desde la niñez y, por tanto, insistía en que la educación sexual no podía comenzar recién en la adolescencia. La otra idea que planteaba consistía en asociar la sexualidad con procesos más amplios como la construcción genérica de los roles. En sus palabras, la “identidad sexual”, mientras que utilizaba el término “genitalidad”, para referirse a las experiencias sexuales propiamente dichas, haciendo patente el uso de una jerga que demostraba la raigambre freudiana.[19]

El primer volumen abría con un capítulo sobre la problemática de la adolescencia en términos generales, a continuación se abordaba el significado que tenía la adolescencia para los padres y la familia y los dos últimos trataban de la música y los noviazgos. El segundo tomo comenzaba con dos capítulos sobre las patologías adolescentes, a los que le seguía otro sobre el tema del cuerpo y la vestimenta y uno acerca de los valores, mientras que el último estaba dedicado a la “mujer actual”. El tercer volumen se iniciaba con un apartado dedicado a las relaciones entre hombres y mujeres. El siguiente estaba dedicado a la educación sexual. Y, finalmente, se abordaban las relaciones familiares “enfermas”.

La obra estaba escrita en el tono franco de una conversación entre congéneres -madres preocupadas por sus hijos, adultos que no entendían a los adolescentes, personas preocupadas por algo en común- dentro del cual irrumpía otro registro marcado por la sabiduría de la psicóloga con experiencia en el consultorio, conocedora de adolescentes y padres, al tanto de las teorías contemporáneas. Cada acápite comienza con la presentación de un caso real o un prototipo social, ya sea mediante la forma de un diálogo, el relato de una situación de la vida cotidiana o un caso de consultorio. Estas presentaciones permitían introducir temas considerados álgidos, a partir de los cuales la autora se pronuncia, explicando y matizando las posiciones iniciales. Frecuentemente, esto conducía a distanciarla de la postura materna o paterna, aproximándola a la de los adolescentes, aunque siempre mantenía una actitud comprensiva con los adultos. En muchas ocasiones se interpela en forma directa a los lectores, estableciéndose un tono campechano, cómplice e intimista. Generalmente en el apartado inicial se presentaba un conflicto o dos opiniones contrapuestas – enunciadas por madre e hijo, marido y mujer, dos amigas, suegra y nuera, etc.- que hubiesen sido posibles de escuchar en cualquier casa, peluquería o reunión familiar. A partir de estas situaciones la autora construía el argumento o mensaje que finalizaba con una conclusión o recomendación realizada desde la voz profesional. [20]

Al realizar sus planteos, Giberti se apoyaba en autores, argentinos y extranjeros, a quienes introducía y cuya trayectoria era reseñada. Las ideas de estos autores eran presentadas en forma condensada, resumida y simple, con miras a ser entendida. La autora es consciente de esta operación de simplificación que consideraba necesaria por el registro y espacio con el que cuenta. Dentro de los referentes argentinos mencionaba a Pichon Rivière, Gino Germani (“sociólogo de renombre internacional”), Florencio Escardó (reseñando en un capítulo su libro sobre sexología) y Francisco Romero. Entre los referentes extranjeros más importantes, muchos de los cuales habían sido publicados en Argentina por Gino Germani, se contaban Bertrand Russell, Herman Hesse, Ana Freud, Alfred Kinsey y Erich Fromm.[21]

Para Giberti, la práctica profesional estaba asociada al interés por cambiar la sociedad, educar niños para que se convirtiesen en adultos sanos y realizados. Eso significaba operar sobre los modelos de relación en la familia, considerándose una forma de promover una revolución “casera” que, supuestamente, era la esencia del cambio ya que “las grandes transformaciones no se producen necesariamente a través de sacudones sociales, de revoluciones espectaculares, sino gracias al paulatino movimiento que emana de cada casa”.[22] Pero también es posible entender el trabajo de la autora como una forma de validación –o amplificación- del nuevo paradigma psicológico de las relaciones familiares. En ese esquema la pareja, y particularmente la mujer, jugaban un papel central. El padre y la madre tenían la obligación de “especializarse como padres” lo cual exigía asumir de manera consciente, “responsable” e “inteligente” la tarea de educar a sus hijos para ser individuos completos, plenos y felices. [23]

 

Padres y adolescentes

 

Según el libro, en los años sesenta tener un hijo adolescente no parecía ser sencillo. Casi cualquier cosa podía ser fuente de problemas y conflictos. Los padres enfrentaban una etapa de grandes cambios en la vida de sus hijos en una época que, a su vez, sufría rápidas y profundas transformaciones. El nuevo paradigma desconcertaba completamente a los progenitores que podían entender su contenido pero que enfrentaban serios problemas a la hora de llevarlo a la práctica. Así lo mostraban las consultas y preguntas del público que asistía a las charlas y conferencias dictadas por Eva Giberti y Florencio Escardó y que fueron conservadas en el archivo de la autora. En ellas, los padres preguntaban cómo explicarles a los niños el acto sexual, qué hacer para evitar que tal explicación los llevase a tratar de ponerla en práctica y cómo saber el grado de normalidad de las exploraciones auto-eróticas. Así, una madre podría confesar que le había explicado a su hija de ocho años el proceso del nacimiento y la menstruación pero que no podía hablarle sobre el acto sexual porque sentía vergüenza. El problema de otro progenitor era cómo decirle a su hijo de doce años qué era la relación sexual “sin abrirle del todo los ojos”. Y no faltaban quienes querían saber cómo actuar frente a un niño de cuatro años que se producía “gratificaciones en sus órganos genitales sin inhibirse delante de otra gente” o quienes temían que, después de hablarles de la concepción, los niños quisiesen jugar con el "pilín" en la "ventanita".[24]

Vale pensar a qué se debían estas dubitaciones. Estos padres estaban criando a sus hijos en un contexto en el cual los valores y patrones en los cuales ellos habían sido criados se habían modificado completamente. Por ello, los libros de Giberti resultaban importantes para orientarlos en ese mundo trastornado. La cuestión del cambio, desde la perspectiva de la autora, tenía dos ángulos. Por un lado, ella remarcaba que los padres debían incorporar un conjunto de fenómenos novedosos, que volvían únicos los desafíos que enfrentaban. Pero, por otro, planteaba una perspectiva desde un ángulo generacional en la cual se relativizaba las crisis de la adolescencia, naturalizando los fenómenos.

En relación con el eje de los cambios, según la autora, la familia estaba en el centro de un conjunto de transformaciones que afectaban la economía, la cultura y los valores dentro de un proceso más amplio de tránsito de las sociedades tradicionales a las modernas, reproduciendo la difundida interpretación germaniana contenida en Política y Sociedad.[25] En ese marco, la educación o crianza de los hijos había adquirido un nuevo significado en esta sociedad industrial y urbana. En el nuevo contexto, tanto los padres como las madres tenían nuevas obligaciones. El hogar había dejado de cumplir funciones tradicionales como la fabricación de alimentos y vestidos pero había adquirido otras, entre ellas el cuidado de la salud mental y el equilibrio psicológico; en esta tarea, la madre jugaba un rol fundamental e insustituible. De hecho, la maternidad era, para Giberti, el centro del ser femenino. Junto a esta noción, el papel adjudicado a la mujer en la educación de los hijos tenía un componente pragmático. Eran las madres quienes estaban cotidianamente con sus hijos y tenían asumido en forma natural la división socialmente aceptada de los roles de la pareja. Por tanto, ellas debían ser las primeras destinatarias de un discurso que buscaba mellar las pautas educativas establecidas en el hogar. Esta estrategia se vería reforzada, además, por la idea de que las madres estaban mejor preparadas y más predispuestas a aceptar los desafíos que exigían las nuevas corrientes pedagógicas. Estos nuevos deberes maternales, supuestamente, se favorecían con los cambios en la infraestructura hogareña. La tecnología había reducido el tiempo dedicado al trabajo doméstico, dejando más espacio libre a la mujer para ocuparse de “trabajar de madre”, la tarea más importante que demandaba una familia pero que, en la nueva coyuntura, requería la adquisición de conocimientos y habilidades que la ayudasen a cumplir la misión de formar personalidades “equilibradas” y “creadoras”.[26]

Giberti no estaba del todo de acuerdo con la división de roles socialmente establecidos en la sociedad argentina. Esta era, también, una zona considerada en mutación y sobre la cual la autora se pronunciaba. Ella explicaba que quienes estaban a la vanguardia de los cambios eran los más jóvenes. En los matrimonios con edad para tener hijos adolescentes seguían predominantemente roles tradicionales: ama de casa y varón proveedor Lo interesante resulta que la obra no promovía una transformación radical de esos roles pero sí una alteración de aspectos de la relación, dejando intocada la división de género de las tareas domésticas y el mantenimiento económico. Estos cambios pasaban por una serie de actitudes y comportamientos que hacían al estilo o filosofía de vida. En forma resumida, puede decirse que la cuestión radicaba en eliminar los componentes autoritarios, tanto de la mujer como del varón, y establecer una armonía basada en el respeto a la personalidad de cada uno.

De todos modos, la realidad estaba lejos de tener correspondencia con el ideal. Para Giberti, uno de los males mayores de la familia contemporánea era la ausencia de la figura paterna. Los maridos y padres estaban fuera del hogar, como se mencionó anteriormente, durante la mayor parte del tiempo; llegaban cansados en la noche, ocupaban el fin de semana con tareas laborales y carecían de tiempo para dedicarles a la familia y los hijos. Esta situación se debía, de acuerdo con la autora, a la carrera por el consumo y el estatus, una necesidad para el varón y una demanda de su esposa e hijos.[27]

Junto a esta perspectiva centrada en el cambio se ofrecía otra clave sobre el eje de las continuidades. Desde una óptica tranquilizadora, Giberti señalaba que los adolescentes estaban pasando por una etapa normal y natural que tenía muchos puntos en común con las generaciones precedentes. Al educar a sus hijos, remarcaba, los padres deberían tener la capacidad de enfrentar sus propias frustraciones y conflictos, cuando no patologías, que verían abiertas a raíz de la relación con ellos. En distintas ocasiones, la autora les solicitaba a los lectores que recordasen sus propias experiencias adolescentes o se les señalaba que su incomprensión se debía a las propias dificultades para asumir sus fracasos. En este esquema, donde los hijos estaban viviendo problemas similares a los ya atravesados por los padres, también se insertaba una representación del futuro adulto de los púberes como continuación o repetición de la imagen materna o paterna. Esta idea era usada para advertir los problemas que tendría el adolescente si no poseía una imagen materna y paterna adecuada en la que proyectarse. Es decir, los hijos reproducirían sus conflictos y frustraciones, de los que sólo podría salvarlos un tratamiento psicológico a tiempo.[28]

La proyección de la vida de los padres en la de los adolescentes funcionaba como una señal de estabilidad y seguridad para los padres. En definitiva, lo único que estaba sucediendo, para Giberti, era que los adolescentes hiciesen su camino para llegar a la vida adulta. Los conflictos entre padres e hijos podían considerarse una etapa normal, en la cual los hijos construyesen su autonomía, para adaptarse a su nueva situación de adulto. En ese sentido, los conflictos eran una forma de expresar la ruptura del lazo entre los progenitores y los hijos, quienes “en pocos meses o años se habrán transformado en adultos con todas las chances de ser un hombre o una mujer igual que papá y mamá”.[29] De tal modo, en lo sustancial, la trayectoria de los hijos seguiría una línea semejante a la de sus mayores: se independizarían y construirían su propia familia nuclear.

Tal lectura estaba contrabalanceada con la aparición de conductas que la autora presentaba como el resultado de nuevos valores entre los jóvenes. Pareciera que estos nuevos valores se articulaban con la intención de transformar la vida familiar que la propia Giberti proponía como modelo. En este sentido, pueden leerse las recomendaciones para deshacerse de la hipocresía y los prejuicios. Por ejemplo, la sección que trataba las relaciones prematrimoniales abría con una reproducción de una charla entre adolescentes varones sobre el valor que le darían a la virginidad de su futura esposa. Estos adolescentes reproducían un abanico de posiciones que iban desde la aceptación de la importancia de la virginidad hasta la aceptación del derecho de las mujeres a decidir sobre su experiencia sexual. Giberti advertía a los lectores que ella estaba lejos de considerar que la aceptación de las relaciones prematrimoniales significaba pertenecer a una “juventud corrompida”. [30]

 De este modo, los adolescentes, que estaban en tránsito a convertirse en adultos semejantes a sus padres, eran considerados por Giberti sensibles a los cambios en las relaciones familiares, por lo cual, desde este ángulo, no reproducirían las mismas dinámicas que sus padres. Podría decirse que la postura de Giberti en cuanto a los cambios y continuidades que existían entre la vida adolescente de los hijos y sus progenitores, subrayaba las transformaciones en el plano de las pautas culturales sobre la base de procesos psicológicos que habían permanecido sin demasiadas modificaciones. Por ello, el impacto de los cambios culturales en los conflictos emocionales propios de la adolescencia implicaba para la autora una realidad nueva, más compleja y más difícil de manejar para los padres y los adolescentes.

En ese sentido, una realidad nueva requería, según la autora, adecuarse a los cambios, y modificar las estrategias y la filosofía de la crianza de los hijos. Las innovaciones propugnadas estaban vinculadas con la erosión de la violencia y el autoritarismo en las relaciones familiares. De acuerdo con la autora, estas eran, justamente, las reacciones más frecuentes de los progenitores ante la conducta de sus hijos adolescentes. Había innumerables situaciones que provocaban conflictos. Un conjunto de problemas estaba relacionado con el cuerpo (el pelo, la ropa, el maquillaje); otro provenía de las sociabilidad adolescente (los horarios, el uso del teléfono, las reuniones y fiestas, los noviazgos, las “barritas”), y existía un último núcleo relativo a las relaciones familiares en sí mismas y las obligaciones propias de los adolescentes. Más que la descripción de cada una de estas fuentes de conflicto, interesa aquí abordar una serie de actitudes más generales que los mismos ponían en juego. Me referiré concretamente a la autoridad de los padres, la búsqueda de autonomía de los adolescentes y los problemas derivados de los requerimientos de intimidad.

En la época, la rebeldía y los desafíos a la autoridad eran parte de las imágenes sociales asociadas a los jóvenes y adolescentes. En la opinión pública los jóvenes aparecían rebelándose contra la autoridad en distintos planos. En 1969, cuando el libro salió a la venta, los estudiantes parisinos habían, un año antes, levantado sus barricadas; los norteamericanos habían escandalizado al mundo con las manifestaciones juveniles contraculturales, y en Córdoba los estudiantes y obreros se habían enfrentado a la dictadura de Onganía. Desde varios años atrás, la cultura juvenil estaba siendo tematizada en libros, revistas y coloquios. En estas representaciones, es posible detectar una inflexión. Como advierte Valeria Manzano, hacia finales de los 60 la “juventud inocente” mutó en “juventud perdida”. La radicalización política de los jóvenes “comprometidos o intelectuales” y las vigorizadas expresiones rebeldes de los asociados a la vertiente del “rock  y los hippies” pusieron fin a la confianza consensual depositada en la juventud. Para ese entonces, la identidad juvenil -“multiforme” y heterogénea, como plantea Sergio Pujol- implicaba un enfrentamiento a escala de la vida pública y privada en términos generacionales. De allí que la preocupación sobre los alcances y significados de las rebeliones de los adolescentes frente a sus padres, adquiriese un lugar importante. [31]

En términos generales, para Giberti la autoridad de los padres no podía fabricarse de un día para otro y la relación con los hijos requería de diálogo, comprensión y negociación. De ningún modo, la educación podía sostenerse en la imposición y la fuerza. En el esquema de cambios y continuidades analizados en los párrafos anteriores, se planteaba una doble entrada con respecto a la autoridad de los padres. Por un lado, el desafío era visto como un componente lógico y natural de la etapa que estaban viviendo los adolescentes. Se planteaba, en esa línea, que los padres tenían como misión ayudar a crecer a sus hijos y eso significaba contribuir a que ellos probasen enfrentarlos y oponérseles. Esto significaba cuestionar los valores y la visión de los adultos que se resistían a aceptar que los adolescentes tenían opiniones y puntos de vistas distintos a los de ellos. Además, en muchas ocasiones la agresión de los adolescentes podía ser una respuesta a las actitudes violentas de los padres que frecuentemente instalaban un clima de humillaciones, ridiculizaciones, contestaciones sarcásticas, críticas agresivas.[32] Por otro lado, en contraste con esta rebeldía, considerada natural y sana, era necesario considerar, según Giberti, que existían situaciones de desafíos a la autoridad paterna de tipo patológico. Ninguna familia, por más normal que se considerara a sí misma, estaba exenta de tener a un posible delincuente en casa. Cualquier síntoma de conducta “asocial”, inadaptación o dificultad en la convivencia podía presagiar problemas mayores. Estos podían canalizarse mediante distintas expresiones que iban desde la delincuencia a los intentos de suicidio. En todos los casos la fuente de la enfermedad provenía de una conformación familiar enferma que requería tratamiento psicológico.[33]

Hasta aquí se ha planteado los problemas relacionados a la rebeldía juvenil dentro del ámbito hogareño. Con respecto a la que sucedía fuera de él, Giberti mostraba una actitud dual en la que se combinaba comprensión, preocupación y temor. Explicaba que se trataba de fenómenos que interpelaban de modo especial a las figuras a las que, como a ella, se les requería opinión y pronunciamiento en el debate público sobre el tema. Por un lado, la autora tomaba distancia de los planteos más estigmatizadores y temerosos de las nuevas formas de la identidad juvenil como la moda, la música y los conciertos, rechazando el cuadro de una juventud “iracunda”, “delincuente” y “negativa”. En otras palabras, las “melenas”, los “ritmos frenéticos” y las “camisas estridentes” eran expresiones que los adultos debían comprender como parte de la vida instintiva que era necesario encauzar al servicio de la formación del “yo”. En cierto modo, según la autora, los jóvenes estaban creando un mundo propio, con gustos, consumos y demandas particulares que no coincidían con los de los adultos. Por otro lado, se advertía a los lectores que la juventud estaba lejos ser “fecundamente rebelde o anticipadora de una juventud revolucionaria”. Desde la perspectiva de la autora, una juventud revolucionaria debía estar encaminada a producir los “cambios necesarios para acompasar la evolución de la época y recrear estilos de vida que enaltezcan la condición humana.” Desconfiaba de que los jóvenes “hippies” estuviesen realmente comprometidos con el ideal de mejorar y cambiar el mundo. En ese contexto, según pensaba, se necesitaba observar atentamente los nuevos fenómenos juveniles y estar preparados para detectar a los jóvenes enfermos que podían mezclarse con los buenos muchachos que disfrutaban de bailar y hacer música.[34]

Los problemas en torno a la autoridad estaban vinculados con los referidos a la autonomía e independencia de los adolescentes. Esta dimensión aparecía retratada en un conjunto muy variado de situaciones como la elección de la ropa, los horarios de las salidas y los hábitos cotidianos en las cuales los padres rechazaban el derecho de los hijos a decidir. El conflicto partía de la evaluación de la edad adecuada en la que las muchachas y muchachos tuviesen capacidad para definir por sí mismos, más que en las conductas en cuestión. En ese sentido, según la autora, los adolescentes se desarrollaban precozmente tanto en el plano físico como psicológico. De allí que los jóvenes se habían acelerado respecto a los tiempos que habían seguido sus padres, sólo una generación antes. Advertía, además, a los padres que la búsqueda de nuevas áreas de decisión y autonomía eran un paso en la formación de la personalidad y la conquista del yo. En muchos casos, además, el proceso involucraba la socialización y la maduración de la identidad sexual.

Giberti planteaba que los padres dudaban sobre el grado de autonomía que debía permitírseles a los adolescentes, pero no advertían sus necesidades de intimidad. Con todo, los hijos gozaban de una cuota de intimidad ya instituida. Tenían un cuarto propio, objetos personales (libros, tocadiscos y revistas) y podían expresar sus gustos en la decoración de su espacio. Pero la madre se sentía con derecho a inmiscuirse o espiar dentro de estas áreas de intimidad sin ocurrírsele que estaba invadiendo una zona privada de la vida de sus hijos. Esta era la explicación que les daban los especialistas cuando, asustados por sus descubrimientos, los padres decidían hacer una consultar sobre la forma de manejar las “cartitas” de la adolescente a un compañero de escuela o las citas arregladas a escondidas por teléfono. Generalmente, Giberti insistía en la importancia de la construcción de la intimidad de los adolescentes, planteando que las madres debían abstenerse de revisar los bolsos de sus hijos, abrir los cajones, revolver la ropa interior o entrar intempestivamente al baño. La cuestión involucraba dos regiones de la personalidad que los adolescentes estaban construyendo: la independencia y el pudor y esta invasión significaba una falta de respeto hacia los hijos y demostraba desconfianza por parte de los padres. Esto no implicaba que Giberti postulara la ausencia de controles. Más bien proponía elegir los medios apropiados para sostener un diálogo fluido, participar en actividades comunes y generar situaciones donde pudiesen observar las conductas sociales de los hijos sin violentarlos, como podían ser las reuniones y fiestas en la propia casa.

Como puede verse, la autora ofrece una grilla de claves para ayudar a los progenitores a educar a los adolescentes. En principio, insistía en establecer que la adolescencia naturalmente era un período de cambio, indecisiones y exploraciones hacia la construcción de su personalidad adulta. En ese sentido, postulaba comprender la situación adolescente, establecer una autoridad firme pero tolerante, basada en el respeto y la confianza en los hijos. Estas claves requerían una modificación de las formas de control que pasaba por la proximidad afectiva, la fluidez en la conversación, el trato amoroso y flexible. La tarea de educar a los adolescentes, reconocía, era compleja y removía emocionalmente a los padres. En primer lugar, porque requería reformar las relaciones familiares en su conjunto. Para ello, los padres debían cambiar puntos de vistas, opiniones y actitudes en función de amoldarse a las novedades. En este sentido, la autora advertía en innumerables ocasiones a los padres que las cosas habían cambiado en el mundo desde que ellos habían dejado la adolescencia. Pero otras transformaciones que debían realizar las madres y los padres eran más difíciles. Involucraban un examen de sí mismos y de su relación de pareja. La autora realizaba un largo recorrido por diversos estereotipos familiares con relaciones patológicas. Estas explicaciones se sucedían luego de presentar diversos estereotipos – “un padre que manda demasiado y una mamá sometida”, el “papá títere”, la madre “controladora”, el padre “compinche”- a partir de los cuales se revelaban conflictos más profundos, explicados en términos simples dentro de un esquema psicoanalítico. En muchas ocasiones, Giberti descubría que el padre o la madre no habían podido resolver su propia maduración afectiva y sexual de forma satisfactoria. Habían quedado atrapados en la relación edípica, carecían de una vida sexual plena, tenían incapacidad para comprometerse afectivamente, estaban dominados por una personalidad infantil o era víctimas de prejuicios. Este tipo de progenitores no podrían educar exitosamente a sus hijos a no ser que revisasen sus propios problemas.[35]

Difícilmente los padres podían educar solos a sus hijos. De particular complejidad parecía ser diferenciar los comportamientos “normales”, “comunes” y “sanos”, de aquellos que merecían atención. Desde la perspectiva de Giberti, los progenitores solían preocuparse por comportamientos que eran parte de las conductas esperables de cualquier adolescente y eran incapaces de registrar los verdaderos problemas. Sin duda, el desafío estaba destinado al fracaso si los padres ante cualquier tipo de dudas no acudían a los especialistas. Debe recalcarse que, de acuerdo con la autora, los padres no recibían apoyo de otras instituciones, ya fuese porque se las consideraba una fuente de intervención inapropiada, como las que provenían de la familia ampliada, o porque no cumplían un papel relevante, como la escuela, a pesar de que, según ella, existían maestras lúcidas que establecían un diálogo con las madres y otras bien intencionadas que en ocasiones intervenían equivocadamente. De hecho, la autora pensaba que existían tensiones entre la escuela y la familia. Así, por ejemplo, la maestra o profesora era considerada una inexperta, que podía generar confusión y problemas si decidía explicarles a los adolescentes en qué consistía el acto sexual o recomendar que las relaciones entre padres e hijos debieran estar signadas por la comprensión.[36]

En este sentido, es interesante notar que la relación de los adolescentes y las instituciones educativas en Argentina era muy diferente a la establecida en los colleges norteamericanos donde los jóvenes habitaban un campus, alejado de los padres, y los controles estaban institucionalizados. En esa situación buena parte de los conflictos sobre la educación de los adolescentes debían ser socializados obligatoriamente en la comunidad educativa. En cambio en la Argentina, la familia tenía que lidiar por sí misma con los adolescentes rebeldes, aunque, podía apelar a otras instituciones, entre las cuales se contaba la propia Escuela para Padres. En ese sentido, el emprendimiento de Giberti muestra la importancia que adquirió una nueva pedagogía familiar de corte psicológico en los años sesenta y setenta en la Argentina.

 

Conclusiones

 

El análisis de esta obra de Eva Giberti permite observar el grado de conmoción que estaban sufriendo las relaciones entre padres y adolescentes en los años sesenta y setenta, en el marco del recambio del paradigma de crianza de los hijos. Según la autora, este nuevo paradigma exigía a los padres contar con una guía que les permitiese orientarse para enfrentar exitosamente la tarea de educar a los adolescentes pero, también, los obligaba a una revisión general de las dinámicas familiares que incluía la propia historia de los progenitores, su vida familiar y de pareja, pero que dejaba incólume la división de género del hogar.

En segundo lugar, en esta revisión de las dinámicas familiares los cambios en los estilos de autoridad jugaban un papel central. La autora promovía un patrón de autoridad fundado en la comprensión, el diálogo y el respeto. Desde su papel de adultos, los progenitores debían entender que el desafío era un rasgo propio de los jóvenes que estaban preparándose para convertirse en seres independientes y libres. En consonancia, Giberti subrayaba la importancia de la autonomía y la intimidad, enfatizando en los problemas derivados del avasallamiento a la intimidad y la violencia en la formación de la personalidad y la conquista del yo de los adolescentes. Sin embargo, esto no le conducía a postular la supresión de los controles, sino a proponer cambios en la forma de implementarlos en función de pautas de crianza basadas en la tolerancia, la confianza y la estatura moral de los padres.

En tercer lugar, la colección manifestaba una duplicidad en la conceptualización de los adolescentes desde la cual la rebeldía juvenil era comprendida como un estadio normal de la constitución del yo. Pero, al mismo tiempo, las expresiones más revulsivas de las culturas juveniles provocaban una oscilación entre la comprensión y el temor.

De todos modos, el nuevo patrón de autoridad y la valoración de la autonomía cristalizaban en innumerables situaciones concretas, cuya resolución parecía capaz de conmover profundamente la vida cotidiana y los esquemas de las relaciones familiares. En ese sentido, Adolescencia y educación sexual fue una propuesta que representó una vía moderada de cambio, que no conmocionaba las bases de la organización doméstica y los roles de género, pero que cuestionaba un cúmulo de actitudes cotidianas entre la pareja y entre padres e hijos en pos de la tolerancia, el respeto y la autonomía de cada integrante de la familia.

La visión de Giberti, además, podía tener efectos en ámbitos sociales y políticos. En el marco del creciente autoritarismo y de la persecución a las culturas juveniles, el cuestionamiento de los criterios de autoridad constituía una forma de introducir, aún desde un posicionamiento liviano y tímido, un rechazo a los causes dominantes en el escenario político y cultural, desde una óptica urticante para los sectores más tradicionalistas y conservadores. En este sentido, a su modo, la colección aportó a la discusión de los patrones de autoridad y a la formación de una especie de nuevo sentido común en el que podían abrevar posturas bastante más radicales, venciendo a la vez las resistencias de quienes observaban con curiosidad y distancia los cambios que atravesaban la vida de los hombres y mujeres, jóvenes y adultos, en los años sesenta.

 

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FUENTES

Archivo

Archivo Eva Giberti

 

Revistas

Nuestros Hijos

Padres

Primera Plana

Claudia

 

Libros de crianza y de sexualidad

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Giberti, Eva, Escuela para padres, tres tomos, Buenos Aires: Editorial Campano, 1963 [1961 1ª. ed.].

 

Entrevista

Giberti, Eva, Entrevista de la autora, Buenos Aires, 12 de diciembre de 2004.

 


Este trabajo fue un insumo de mi investigación de doctorado (Familia, pareja y sexualidad en Buenos Aires (1950–1975). Patrones, convenciones y modelos en una época de cambio cultural, Tesis de doctorado, Universidad de San Andrés: Buenos Aires, inédito, 2008), dirigida por Eduardo Míguez. Para la realización conté con el apoyo de la Fundación Ford en el marco del proyecto “Sexualidades, Salud y Derechos Humanos en América Latina”, de la Universidad Cayetano Heredia. Versiones anteriores fueron presentadas en las V Jornadas de Investigadores del Departamento de Historia, organizadas por la Universidad Nacional de Mar del Plata en Mar del Plata, el 2 y 3 de septiembre de 2004, y en las I Jornadas de Reflexión: Historia, Género y Política en los ’70, realizadas en Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género – Museo Roca, el 15 y 16 de octubre de 2004. Agradezco los comentarios de Norberto Alvarez y de los otros participantes en ambas mesas. Asimismo, deseo expresar mi agradecimiento a Eduardo Míguez, Lila Caimari, Mario Pecheny y Paula Bontempo, quienes leyeron manuscritos anteriores y me ofrecieron importantes sugerencias. Finalmente, deseo expresar toda mi gratitud con Eva Giberti, quien me permitió consultar su archivo privado.

[2] En cuanto a la pertinencia de tratar estas décadas como una etapa histórica en sí misma, véase, Arthur Marwick, The Sixties. Cultural Revolution in Britain, France, Italy and the United Status, c.1958-1974 (Oxford – New York: Oxford University Press, 1998), 5-22 y Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionarios en América Latina (Buenos Aires: Siglo XXI, 2003), 35-44. Un resumen de estas transformaciones en Steve Mintz – Susan Kellogg, Domestic Revolutions. A Social History of American Family Life (London: The Free Press, 1988), 203-238; Martine Segalen, Antropología histórica de la familia (Madrid: Taurus, 1992), 123-171 y 189-214; John D`Emilio y Estelle Freedman, Intimate Matters: A History of Sexuality in America (New York: Harper and Row, 1988), 328-330 y Francois de Singly y Vicenzo Cicchelli, “Familias contemporáneas: reproducción social y realización personal”, en Historia de la familia europea. La vida familiar en el siglo XX, ed. David Kertzer y Marzio Barbagli (Barcelona: Paidós, 2004), 417-463; Sobre la revolución sexual Beth Bailey, Sex in the Heartland, Cambridge, Massachussets (London: Harvard University Press, 2002); Hera Cook, The Long Sexual Revolution. English Women, Sex, and Contraception (1800-1975), (Great Britain: Oxford University Press, 2004), 333-350.

[3] Véase, María del Carmen Feijoo y Marcela Nari, “Women in Argentina During the 1960s”, Latin America Perspectivas 23, no. 1 (1996) 7-27 y Karina Felitti, “El placer de elegir. Anticoncepción y liberación sexual en la década del sesenta”, en Historia de las mujeres en la Argentina. Siglo XX ed. Fernanda Gil Lozano, Valeria Pita, María Gabriela, 653-661 (Buenos Aires: Taurus, 2000), 155-171; Susana Torrado, Historia de la familia en la Argentina Moderna (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 2003), 653-661; Mariano Plotkin, Freud en las Pampas (Buenos Aires, Sudamericana, 2003), 150-181. Mirta Varela, La televisión criolla. Desde sus inicios hasta la llegada del hombre a la luna (1951-1969) (Buenos Aires, Edhasa, 2005). Karina Felitti, “La pantalla se calienta. El cine argentino de los ’60 y sus discursos sobre sexualidad y moralidad”, XI Jornadas Interescuelas / Departamentos de Historia (Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, Septiembre, 19 – 22, 2007); Valeria Manzano, “Ella se va de casa: fugas de chicas, “Dolce Vita” y drama social en la Buenos Aires de los tempranos 1960’”, XI Jornadas Interescuelas / Departamentos de Historia (Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, Septiembre 19-20, 2007); Dora Barrancos, Mujeres en la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos (Buenos Aires: Sudamericana, 2007). En esta línea, también, se podría ubicar mi investigación, Cosse, Familia, pareja y sexualidad en Buenos Aires (1950–1975).

[4] Plotkin, Freud en las Pampas, 169-175 y entrevista de la autora con Eva Giberti, Buenos Aires, 12 de diciembre de 2004. Véase, también, Isabella Cosse, “Cultura y sexualidad en la Argentina de los 60`: usos y resignificaciones de la experiencia trasnacional”, Estudios interdisciplinarios de América Latina y el Caribe 17, Nº 1 (enero – junio de 2006), 39-60. En relación con la influencia de la Escuela para padres francesa, véase, Cecilia Rustoyburu, “Los niños y los padres al diván. Los consejos sobre crianza de la Escuela para Padres”, 1º Reunión de Trabajo, Los 60' de otra manera: vida cotidiana, género y sexualidades en la Argentina (Universidad de San Andrés, Buenos Aires, Octubre 30, 2008).

[5] Véase, además, Eva Giberti, Adolescencia y Educación sexual (Buenos Aires, Roberto O. Antonio Editores, 1977 [1969 1ª. ed.]), 15-16 y Archivo Eva Giberti (en adelante AEG), Carpeta Escuela para Padres, “Estatutos de la Escuela para Padres de la cátedra de pediatría de la Facultad de Medicina”, s.f. y “Escuela para Padres de Argentina” en Boletín Informativo, Nº 2 (Buenos Aires, marzo de 1966) y Boletín Informativo, Nº 3 (Buenos Aires, mayo de 1966).

[6] Ya en 1963, Primera Plana informaba de un grupo de profesionales que formaron el Instituto de Psicología con el fin de brindar orientación familiar a padres y matrimonios, incluyéndose un novedoso “curso para novios”. Véase, “Psicólogos. Tan barato como ir una noche al cine”, Primera Plana, Nº 42, 27 de agosto de 1963, 24-25. También existía el Instituto de Preparación Integral de la Mujer, miembro de la Unión Internacional de Organismos Familiares, Véase, Aviso IPIM, Primera Plana, Nº 69, Marzo 3, 1964, 45. Y el Instituto de Asistencia Familiar coordinado por Emilce Bruno, “Cambios. Cuando los padres son poetas”, Primera Plana, Nº 135, Junio 8, 1965, 46-47. Existían otras organizaciones católicas que también asesoraban en temas familiares, como el Movimiento Familiar Cristiano. Al respecto, “Vida moderna. Casamientos: con los primeros calores”, Primera Plana, Nº 204, Noviembre 22, 1966, 48-49. En relación con la mirada católica, Karina Felitti, Familia, género y sexualidades en los discursos católicos: a una década de Humanae Vitae (1968-1978), 1º Reunión de Trabajo, Los 60' de otra manera: vida cotidiana, género y sexualidades en la Argentina (Universidad de San Andrés, Buenos Aires, Octubre 30, 2008).

[7] Eva Giberti, Escuela para padres (Buenos Aires, Editorial Campano, 1963, [1961 1ª. ed.])

[8] AEG, Carpeta Escuela para Padres, Recortes de prensa y Carpeta Escuela para Padres. Correspondencia.

[9] Eva Giberti, Adolescencia y educación sexual, 96-98.

[10] Eva Giberti, Adolescencia y educación sexual, 338-345.

[11]En relación al número promedio de hijo por mujer, se remite a Edith Pantelides, “La fecundidad argentina desde mediados del siglo XX”, Cuaderno del Cenep 41 (Buenos Aires: Cenep, 1981), 3, 6, 12 y 21. En cuanto a los índices de nupcialidad y de nuclearidad, véase, Susana Torrado, Historia de la familia en la Argentina Moderna (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 2003), 240, 254 y 426. En relación al trabajo femenino, consúltese, Zulma Rechini de Lattes y Catalina Wainerman, "Empleo femenino y desarrollo económico: algunas evidencias", Desarrollo Económico 17, Nº 66 (1977), Julio-Septiembre, 301-317, y Graciela A. Queirolo, “El trabajo femenino en la ciudad de Buenos Aires (1890-1940): una revisión historiográfica”, IX Jornadas Interescuelas y Departamentos de Historia (Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba, 2003), CD-ROM, 6; Catalina Wainerman y Mariana Heredia, ¿Mamá amasa la masa? Cien años en los libros de lectura de la escuela primaria (Buenos Aires: Editorial Belgrano, 1998), 195.

[12] Eduardo Míguez, “Familias de clase media: la formación de un modelo” en Historia de la vida privada en Argentina. La Argentina plural (1870-1930), ed. Fernando Devoto y Marta Madero, 21-45 (Buenos Aires: Taurus, 1999), 21-45, y de Marcela Nari, Las políticas de la maternidad y maternalismo político (Buenos Aires: Biblos, 2004), 55-71.

[13] Sobre la caracterización de Primera Plana, ver Mariano Plotkin, Freud en las Pampas, 183-191; Graciela Mochkofsky, Timerman. El periodista que quiso ser parte del poder (1923-1999) (Buenos Aires: Sudamericana, 2003), 90-114; Y Daniel H. Mazzei, Medios de comunicación y golpismo. El derrocamiento de Illia (1966) (Buenos Aires: Grupo Editor Universitario, 1997); en cuanto a la de Giberti, Plotkin, Freud en las Pampas, 171-172.

[14] Esta idea fue ampliamente difundida por los medios y revistas especializadas. Sólo a modo de ejemplo, ver, doctor Raúl López Biel, “Mesa redonda ¿Debe enseñarse `educación sexual` en las escuelas?”, Nuestros Hijos, Nº 77, Junio, 1961, 26-28; ¿Debe enseñarse educación sexual en las escuelas? Opiniones del padre Manuel Moledo y de Telma Reca”, Nuestros Hijos, Nº 76, Mayo, 1961, 28-30; “Educación. La cigueña ha muerto en Dinamarca”, Panorama, Nº 177, Septiembre 19, 1970, 28-30; “Educación sexual ¿sí o no?”, Claudia, Nº 82, Marzo de 1964, 22-23; Sofía Iavnier de Saionz, Padres, Nº 1, Enero, 1973, “Educación sexual”, 60-64.

[15] “Informe especial. Vida moderna. Natalidad: Chile abre el camino”, Primera Plana, Julio 13, 1965, Nº 140, 33-35. Véase, también, Karina Felitti, “El debate médico sobre la anticoncepción en los años sesenta del siglo XX”, Dynamis, Nº 27 (2007), 333-357.

[16] Plotkin, Freud en las Pampas, 175.

[17] Benjamín Spock, Tu hijo (Barcelona: Daimón, 1963).

[18] Florencio Escardó, Sexología de la familia (Buenos Aires: El Ateneo, 1961), 23-25.

[19] Giberti, Adolescencia y Educación Sexual, 97.

[20]Plotkin, Freud en las Pampas, 172-186.

[21] Sobre la difusión de algunos de estos autores, Alejandro Blanco, Razón y modernidad. Gino Germani y la sociología en la Argentina (Buenos Aires: Siglo XXI, 2006).

[22] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 21-30 y 96-98.

[23] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 533.

[24] AEG, Carpeta de preguntas. P.45, +sobre 1; P.46, +sobre 1; P64, +sobre 1; P7, SOBB4E (se sigue aquí la denominación del original).

[25] Gino Germani, Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas (Buenos Aires: Editorial Paidós, 1962).

[26] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 65-67; 97-98; 116-118.

[27] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 118-122; 135-138; 401-406.

[28] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 87-89, 109-120 y 129-142.

[29] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 26.

[30] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 589-590.

[31] Valeria Manzano, “Sexualizing Youth: Morality Campaigns and Representations of Youth in Early-1960s Buenos Aires”, Journal of the History of Sexuality, vol. 14, Nº 4, October 2005, 433-461; Sergio Pujol, “Rebeldes y modernos. Una cultura de los jóvenes”, en Nueva Historia Argentina. Violencia, proscripción y autoritarismo (1955-1976), ed. Daniel James, 237-283 (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2003), 237-283.

[32] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 43-47.

[33] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 238-239.

[34] Giberti, Adolescencia y educación sexual, 168, 143 y 170. El párrafo referido los hippies es confuso: termina haciendo una referencia a que con criterio psicoanalítico deberían ser considerados como de “características maníacas”.

[35]Giberti, Adolescencia y educación sexual, 107-138.

[36]Giberti, Adolescencia y educación sexual, 554-558, 560-565-568, 608-611.


 

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ISSN 1669-9041

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