Publicación de la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, para contribuir y difundir el conocimiento histórico. Publicación de la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, para contribuir y difundir el conocimiento histórico.

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ISSN 1669-9041
Es una publicación anual de la Escuela de Historia para contribuir a la divulgación del conocimiento histórico.
Universidad Nacional de Salta
 


REVISTA 6 

ESCUELA DE HISTORIA
Año 6, Vol. 1, Nº 6, Año 2007
 

Artículo


 

Los sesenta-setenta: intelectuales, revolución, libros e ideas

(The sixties-seventies: intelectualls, revolution, books and ideas)

Ponza, Pablo M.

Taller de Estudios Andino Amazónicos (TEIAA), Departamento de Historia de América, Universidad de Barcelona. Entença 146, 4º 1ª (08029). Barcelona. España.

Resumen: Desde la perspectiva de la Historia Intelectual, el presente artículo tiene como objetivo general: explorar dos de las corrientes de pensamiento con mayor influencia en las concepciones político-ideológicas de los núcleos intelectuales argentinos denominados críticos o contestatarios, entre los años 1955-1973, años coloquialmente conocidos como los sesenta-setenta[1] . Dichas corrientes son: el existencialismo y el marxismo histórico-humanista.

Con este fin, el trabajo se plantea como objetivos específicos: primero, identificar algunos de los autores, libros e ideas con mayor incidencia en los discursos de la época. Y segundo, analizar de qué forma estos discursos reforzaron un creciente proceso de politización de los ámbitos de la cultura, en un contexto nacional profundamente condicionado por la proscripción política del peronismo, y un marco internacional caracterizado por la bipolaridad y la Guerra Fría.

Abstract: From the perspective of Intellectual History, the general objective of the present article is to explore two of the most influential currents of thought on the political-ideological conceptions of the argentine intellectual groups called critics or non conformists, during the years 1955-1973, a period of time colloquially known as the sixties-seventies[2] .  Such currents are the existentialism and the historical-humanistic Marxism.

By means of this purpose, this work has as specific aims: first, to identify some of the authors, books and ideas most influential on the political discourse of the times. And second, to analyze how this discourse reinforced an emergent process of political consciousness within the ambits of culture, in a national context deeply conditioned by the political proscription of peronism and an international frame characterized by bipolarity and the Cold War.  

Palabras clave: Intelectuales; Historia; Ideas; Cultura; Política.

Key Words: Intellectuals; History; Ideas; Culture; Politics.  

 

Introducción

Los aportes de Ricaurte Soler, Arturo Ardao, Jaime Jaramillo Uribe, Leopoldo Zea, José Gaos[3] -entre otros autores-, han enriquecido una larga tradición latinoamericana en la línea de la Historia Intelectual, una perspectiva donde los lenguajes políticos no son considerados un conjunto de ideas o conceptos inalterables, sino el modo característico de producirlos en un momento y un lugar determinados. Es decir, la Historia Intelectual utiliza los lenguajes políticos como una fuente a través de la cual reconocer el sentido que los actores otorgaron a sus acciones. Pero este ángulo historiográfico no sólo da importancia a los lenguajes políticos utilizados por los actores de los períodos estudiados, sino que va más allá y busca interpretar la representación social que los lenguajes políticos han tenido en el contexto de producción en el que se hallan inscriptos.

En el caso específico de los núcleos intelectuales críticos o contestatarios que se conformaron, desarrollaron y actuaron en el campo cultural argentino entre 1955-1973 -años conocidos coloquialmente como los sesenta-setenta-, podemos decir que hubo principalmente dos grandes discursos o corrientes de pensamiento que influenciaron poderosamente la manera de concebir la cultura, la política, e incluso el propio rol social del intelectual. Estas corrientes, si bien no eran las únicas, fueron dos vertientes que ya desde finales de 1950 comenzaron a ganar un espacio significativo en los ámbitos dedicados al pensamiento, la especulación filosófica y las entonces nacientes Ciencias Sociales modernas. Dichas corrientes eran el existencialismo y las lecturas histórico-humanistas del marxismo (o marxismo humanista).

Pero antes de abordar directamente el tema que nos convoca, vale la pena recordar que el período histórico comprendido entre 1955 y 1973 -años en los que se enmarca este artículo- constituyó uno de los más ricos del siglo XX en cuanto a producción, difusión y debate de ideas transformadoras en todo occidente. Pero en Argentina, paradójicamente, aquellos años de modernización cultural y desarrollo técnico coincidieron con una etapa de alta conflictividad social, proscripción y autoritarismo. Dicha etapa tuvo un elemento político determinante: la marginación del Partido Peronista del juego electoral. Este hecho, sumado a una imposibilidad general de canalizar las controversias políticas por vías democrático-institucionales, no demoró en generar nuevas formas de protesta y resistencia social. Y como es lógico, dichas formas de protesta y contestación tuvieron su correlato en el campo de las ideas y el pensamiento, es decir, en algunos núcleos intelectuales críticos con el orden establecido.

 

MODERNIZACIÓN INTELECTUAL Y COMPROMISO IDEOLÓGICO

1. Intelectuales y Existencialismo

Algunas de las revistas argentinas más prestigiosas de la época, como fue el caso de Contorno (1953-1959), Pasado y Presente (1963-1965 y 1973), la Revista de la Universidad de Buenos Aires-RUBA (entre el Nº 1 del Año 4 –1959- hasta el Nº 4 del Año 8 –1963-), traducían asiduamente entrevistas, artículos y libros de Jean Paul Sartre. En sus páginas repetían sin cesar que la vida humana es la realidad radical y la razón histórica la razón suprema: “El hombre es primero un proyecto que se vive subjetivamente; nada existe antes que este proyecto; nada hay en un cielo inteligible, y el hombre será lo que ha proyectado ser”.[4] En efecto, la imagen de intelectual forjada por Sartre es una de las que más fuerte anclaje tuvo en los jóvenes núcleos letrados de los primeros sesenta. Sus ideas al respecto están impresas claramente en ¿Qué es la literatura?, donde se  despliegan los matices de una figura de intelectual que no queda reducida al saber técnico o específico del especialista o experto, sino que apela a la imagen de un hombre que se convertiría en intelectual debido a su compromiso con una función social, con el rol de portavoz de una conciencia humanista y universal que se distingue más allá de las fronteras y de las nacionalidades. La posición de pensador crítico independiente era para Sartre y sus entusiastas el lugar simbólico donde se fundaba la legitimidad política de los intelectuales.

Durante una conferencia en Córdoba Juan José Sebreli comentó que “todo el grupo que hacíamos Contorno, y yo en mi primera etapa como escritor, indudablemente estuvimos influenciados por el existencialismo. Sartre fue quien dio sustento filosófico al compromiso público asumido por los escritores de izquierda en los sesenta, su estilo rebelde, anti-burgués, era una marca ideológica ineludible”.[5]

Tampoco Abelardo Castillo parece tener dudas al respecto, cuando dice que “esa es una de las características de los sesenta”, donde el paradigma de la época serían “las ideas de los existencialistas franceses ateos, como Sartre, Camus, Beauvoir, donde el compromiso ideológico, el compromiso estético y la militancia eran más o menos la misma cosa”.[6]

Sartre era entonces un icono indiscutido del pensamiento, un icono que hoy se ha difuminado. José Pablo Feinmann, en un ejercicio de memoria, recuerda que entonces todos hablaban de existencialismo pero El ser y la nada era un libro intransitable. A su juicio, “no todos podían meterse de cabeza en las penumbrosas aulas de la calle Viamonte y estudiar filosofía junto con Masotta, Sebreli, Rozitchner o Eliseo Verón”.[7] La complejidad de las reflexiones sartreanas se masificaron más bien a través de un folleto de carácter explicativo llamado El existencialismo es un humanismo, un libro que era más accesible que El ser y la nada y a través del cual muchos lectores se familiarizaron con concepciones marxistas. En un ensayo sobre violencia política titulado La sangre derramada Feinmann se sorprende del abandono que han sufrido las ideas de Sartre en los últimos años y atribuye este hecho a que el autor se ubica entre los filósofos de los temas más vehementes de la modernidad: el marxismo, la literatura comprometida, la idea de totalidad, en suma, el del mandato de transformación del mundo a partir de la praxis del sujeto libremente comprometido, y esto –dice Feinmann- en la actualidad significa quedar pegado.[8]

 

2.      Politización de la Cultura y clase media

Uno de los rasgos diferenciales de los sesenta-setenta fue el proceso de creciente politización de los ámbitos de la cultura. Se trata de un tiempo donde no sólo se politizó el intelectual, el estudiante o todo aquel ámbito público donde tenían lugar las diversas expresiones del pensamiento y el arte, sino también un período donde se operó una profunda culturización de las prácticas políticas.

En este proceso de politización/culturización culturización/politización que atravesaron los núcleos intelectuales y buena parte de la sociedad argentina podemos reconocer, entre otros factores, un especial protagonismo e influencia del mundo de los libros y las ideas. Un mundo de libros que Beatriz Sarlo recuerda como “un mundo de ideas no porque toda la gente estuviera leyendo libros de Marx o Lenin todo el día, sino porque todos sabían que en función de cosas que decían esos libros y los temas que se discutían a partir de esos libros se establecían prácticas y programas revolucionarios. La política pasaba en gran medida por los libros, los congresos que realizaban los partidos eran grandes debates librescos”.[9]

Carlos Altamirano, Beatriz Sarlo, Silvia Sigal y Oscar Terán coinciden en que la clase media o pequeña burguesía se convirtió, hasta fines de la década del sesenta, en tema central de los estudios sociales del campo intelectual de izquierda. La producción simbólica antiperonista que se había obstinado en concebir al peronismo como un hecho artificial y pasajero, rápidamente quedó refutada por la magnitud del arraigo y fidelidad popular a Perón. Los intelectuales de clase media vieron, por una parte, que aún ilegalizado, perseguido y encarcelado, el peronismo se revelaba como el punto nodal a desentrañar en la vida política y cultural del país. Y por otra, mostró claramente la escasa representatividad y conocimiento del país real (del pueblo, se decía en aquellos años) que tenían los intelectuales.

En este sentido, durante una entrevista Noé Jitrik apunta que la producción de esta literatura “señalaba una especie de compulsión por entender eso que se llama realidad”.[10] Que los intelectuales estuvieran interesados en reinterpretar la compleja relación entre la clase media y el peronismo -teniendo en cuenta la procedencia de los letrados- implica decir que los intelectuales revisaban cuál había sido su propio papel en los años peronistas. Para Carlos Altamirano se trataría de una literatura de mortificación y expiación que buscó purgar las faltas cometidas por la clase media contra el pueblo en 1943 y 1955, y un análisis que incorpora bases marxistas para convertir o unir su destino pequeño burgués al del proletariado.[11] Es posible que el auge de esta literatura interpretativa de la realidad socio-política nacional buscara la recolocación del fenómeno peronista que era, en realidad, una recolocación de su propio lugar en tanto intelectuales. La búsqueda de ese lugar será otra de las características insoslayables de la nueva izquierda letrada argentina de los sesenta-setenta.

Podemos mencionar algunos trabajos en los que se percibe nítidamente esta preocupación. Por caso, los libros de Fermín Chávez, Civilización y Barbarie; Ismael Viñas, Orden y Progreso[12] y Análisis del frondizismo; los de David Viñas, Los años despiadados y Las malas costumbres; el de Germán Rozenmacher, Cabecita negra; o el de Juan José Sebreli, Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, dan buena cuenta de este fenómeno, un fenómeno que Juan Carlos Portantiero definió entonces en un artículo de Cuadernos de Cultura como neoizquierda.[13] El ánimo que atraviesa las producciones de este grupo impugnaba los hábitos de la vida burguesa, la consideraba una vida decadente, con horizontes mediocres y ociosos donde sólo se destacaban las angustias, el derroche y la frivolidad. 

El florecimiento de trabajos socio-históricos de la época –ya sean científicos o literarios- fue proporcional al desarrollo de un público masivo y ávido de esta literatura producida en un espacio no exclusivamente académico, y cuyos objetos despiertan un interés novelístico tan reconocido como condicionado por las políticas de la industria editorial. Asimismo se percibe una creciente y afiebrada disputa por la legitimidad en el campo intelectual, una legitimidad profundamente afectada por los dos sucesos paradigmáticos del período: la proscripción peronista y la revolución cubana. El primero de los hechos sumergió la coyuntura política local en una permanente inestabilidad institucional, en medio de un potente proceso de modernización y expansión de la oferta cultural. Y el segundo, cambió radicalmente la forma de concebir la acción político-ideológica del intelectual y sus aspiraciones de eficacia en el ámbito profesional.

La distancia entre ambas tendencias se fue ensanchando con el correr de la década y volviendo más extrema en paralelo a los acontecimientos políticos. Una de ellas, tuvo como ideal establecer una absoluta independencia entre el campo intelectual (literario o científico) y el político, mientras que la otra pugnó por una tarea comprometida con la transformación revolucionaria de la sociedad.

 

3.      La industria editorial y el boom de la matrícula universitaria

Como señalamos más arriba -en el proceso de politización que atravesó los ámbitos letrados-, la expansión de la industria editorial y del público lector jugaron un papel destacado. En estos años el signo de los catálogos se nacionalizó y tanto la venta como la distribución de libros se extendieron incluso a espacios no habituales como kioscos de diarios y disquerías. La industria del libro comenzó a ser un negocio pujante y los oficios relacionados con el mundo editorial gozaron de un importante reconocimiento social; de allí que traductores, correctores, imprenteros, vendedores y distribuidores tuvieran un lugar activo en el mercado laboral.

Asimismo, no es casual que editoriales de la época como La Rosa Blindada, Cuadernos de Pasado y Presente, Centro Editor de América Latina o Siglo Mundo -entre otras-, hayan desarrollado activamente sus experiencias en un período donde se transitaba por un proceso de modernización socioeconómica, de expansión del público lector y de gran preocupación política. Pero si tuviéramos que resaltar un caso paradigmático en la Argentina, sin dudas ese sería el de la Editorial de la Universidad de Buenos Aires (Eudeba). Eudeba comenzó su actividad en junio de 1958, su primer presidente fue José Bambini y su primer gerente el profesor de matemáticas y editor Boris Spivacow, quien lanzó el sello bajo la consigna “más libros para más gente”. Eudeba editó entre 1959 y 1962 alrededor de 3.000.000 de ejemplares y distribuyó trabajos a muy bajo costo, convirtiéndose en un potente y accesible órgano de divulgación e intercambio científico, político y cultural.

Como es lógico, podemos inferir que la intensa actividad de las editoriales respondía también a las demandas de un público universitario que se amplió meteóricamente y que se encontraba estimulado no sólo por el género literario y las humanidades sino ahora también por las ciencias sociales: la sociología, la psicología, la pedagogía, las ciencias económicas, las de la educación o las de la información.[14] En efecto, el notorio incremento de la matriculación universitaria argentina es un claro indicador del crecimiento potencial de lectores. Las universidades argentinas pasaron de 82.500 alumnos en 1950, a 180.780 en 1960 y 274.000 en 1970. Un incremento que no es patrimonio argentino, sino que se da a escala regional. Por ejemplo, Brasil pasó de 51.000 estudiantes universitarios en 1950 a 97.000 en 1960 y 430.000 en 1970. En México pasaron de 35.200 alumnos en los cincuenta a 76.900 y 247.600 en los sesenta y setenta, respectivamente.[15]

Si nos detenemos a pensar que la Argentina contaba (y cuenta) con una población inferior en más de cien millones de personas a la de Brasil y México, resulta sencillo observar comparativamente el elevado porcentaje de universitarios con los que contaba nuestro país, un nuevo colectivo universitario que puede concebirse también como un nuevo colectivo social. Un colectivo social que ocupó a partir de aquí un espacio activo e inédito hasta entonces.[16]

Estos datos no hacen nada extraño que Eudeba se transformara en pocos años en la mayor editorial de habla hispana y en la editorial universitaria más grande del mundo. En 1964 ya había publicado más de 400 títulos y en 1966 festejó haber alcanzado los 10.000.000 de ejemplares editados.[17]

“El último pico de dicha industria fue en 1974, con casi 50 millones de ejemplares impresos y un tiraje promedio de más de 10.000 ejemplares. Todo fue para peor a partir de entonces: 41 millones en 1975, 31 millones en 1976, 17 millones en 1979”.[18] La acción de ahogamiento y persecución político-ideológica comenzó con el Golpe de Estado del general Onganía en 1966, una dictadura culturalmente retrógrada y políticamente reaccionaria, cuyo proceso se extendió hasta 1973 y que implementó la prohibición y censura de cientos de obras con leyes como la 16.970/66 -de defensa nacional- y la 17.401 -de represión y prevención de las actividades comunistas-, acciones que serían complementadas luego por el Terrorismo de Estado y la desaparición de personas a partir de 1976.

Pero podemos observar el fenómeno de expansión editorial y de público no sólo en el campo de las investigaciones sociales y el ensayo, sino también en la literatura. Recordemos que en los primero años de la década de 1960 se produce el llamado boom editorial latinoamericano, un boom ligado fundamentalmente a la popularidad lograda por el realismo mágico y las elevadas ventas de autores como Gabriel García Márquez, Julio Cortazar, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Carlos Fuentes. Cinco autores que se caracterizaron por expresar públicamente sus inclinaciones políticas de izquierda. Una filiación política que se hizo explícita con el apoyo brindado a la revolución cubana a través de su activa participación en la revista Casa de las Américas.[19] Un fenómeno que a juicio de Carlos Fuentes, aunque fuera en los sesenta cuando adquiere una dimensión masiva, “el llamado boom en realidad es el resultado de una literatura que tiene por lo menos cuatro siglos de existencia y que sintió una urgencia definitiva en este momento de nuestra historia de actualizar y darle orden a muchas lecciones del pasado”.[20]

                                                                                

RENOVACIÓN TEÓRICA: MARXISMO, CRÍTICA Y CONTESTACIÓN

1. Autocrítica, descentralización y los nuevos rumbos de la izquierda

En febrero de 1956, durante el XX Congreso Internacional del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), tomó estado público el genocidio de los Gulags perpetrado por el régimen stalinista de la URSS. En el evento Nikita Jruschov, secretario general del partido, dio a conocer su célebre Informe Secreto desencadenando formalmente un largo proceso de autocrítica en el cual las autoridades del partido se vieron obligadas a reconocer muchos de los errores cometidos por el Estado policiaco soviético, el culto a la personalidad, la verticalidad, la burocracia y el escaso disenso. Si bien la invasión a Hungría en 1959 paralizó momentáneamente dicho proceso, la autocrítica retomó fuerzas en 1961 durante el XXII Congreso, donde la idea alrededor de una recomposición del centralismo internacional del PCUS quedó definitivamente descartada.

Este hecho tiene una trascendencia fundamental en el rumbo que adopta la izquierda marxista latinoamericana. Incluso más, la ruptura del PCUS se da en un marco histórico general que afectó especialmente al mundo de las ideas, el pensamiento y la cultura, donde la visión trágica y decadente del mundo de la posguerra generó cuestionamientos en torno a la existencia y un vacío de sentidos donde no sólo las nociones de progreso ilimitado del capitalismo liberal quedaron desacreditadas, sino también los mecanismos utópicos del Estado comunista totalitario. En el campo de la izquierda occidental, la crisis soviética se vivió con una mezcla entre desazón, vergüenza y fracaso, puesto que era la primera y mayor experiencia conocida con basamento en premisas socialistas de lucha por la igualdad y de oposición al capitalismo, además de tratarse de la organización con mayor presencia orgánica en la Argentina y América. Pero dicha crisis no sólo estaba destinada a acabar con la hegemonía del ideal soviético en el continente sino, esencialmente, con lo que podemos llamar el patrimonio exclusivo de las lecturas e interpretaciones del marxismo.

Podríamos decir que los sesenta se inauguran en un espacio de transición y de crítica a los modelos y las tradiciones políticas establecidas, donde el marxismo ocupa uno de los pivotes intelectuales de mayor influencia en los discursos contestatarios de la época -y donde el conflicto chino-soviético, los movimientos de descolonización en Asia y África, y el deslumbramiento de las bases ante el éxito de la Revolución Cubana-, eran fenómenos que parecían exigir un ajuste teórico de los esquemas ortodoxos.

A los ojos de la nueva generación militante el pensamiento dogmático y los desvíos stalinistas evidenciaban la necesidad de encontrar nuevos cursos críticos, teórico-metodológicos y programáticos para la izquierda y el marxismo, que estaba, en rigor, en el crepúsculo de su existencia.[21]

 

2. La renovación teórica del marxismo en la Argentina

Como hemos señalado más arriba, en la concepción político-ideológica de los intelectuales argentinos hubo una poderosa influencia del proceso de renovación en las lecturas del marxismo, un proceso que permitió, por un lado, recuperar a pensadores olvidados o prohibidos por el stalinismo como Gramsci, Lukács, Korsch, Luxemburgo, Bujarin, Grossman, Bernstein, Kautsky, Pannekoek, Bauer, Chayanov o Ber Borojov. Y por otro, sumar los aportes del Partido Comunista francés con la aparición de Galori, Lefebvre, y como mencionamos antes, el existencialismo de Sartre. A su vez, además de los trabajos de la Escuela de Frankfurt -en especial los de Adorno, Horkheimer y Benjamín-, hay un anhelo de llevar adelante una auténtica crítica marxista del marxismo, anhelo que da lugar a una intensa relectura de obras clásicas. Se repasa a Engels, a Lenin, a Trotsky y el primer Marx, donde se descubre su relación con la filosofía de Hegel, así como su carácter humanista e historicista.

Con anterioridad la Argentina no había ofrecido una coyuntura favorable para el desarrollo de la cultura marxista, quedando reducida casi siempre a la tarea solitaria de estudiosos independientes o autodidactas pertenecientes al PC, que tuvo en sus revistas Nueva Era y Cuadernos de Cultura los dos únicos órganos de difusión permanente.

A partir de los primeros sesenta la atracción que ejerce el marxismo como doctrina explicativa de los conflictos y del curso de la historia comenzará a exceder a los núcleos intelectuales y partidarios originarios, rebalsando hacia amplios sectores de la sociedad que, alternativamente y sobre todo en la clase media letrada, profundizará en sus complejidades y sofisticación teórica. El nuevo alcance del marxismo queda expuesto en 1963, por ejemplo, cuando Marx y su concepto del hombre de Eric Fromm integra la lista de best sellers del semanario Primera Plana, o en las novedosas lecturas del evangelio en clave existencialista que proliferan en la comunidad cristiana argentina y que recogen la experiencia de intelectuales franceses como Calvez, Chambre, Mounier, Theilard de Chardin o Pierre Bigo, que trabajan con anterioridad incluso al Concilio Vaticano II (1962-1965) y la Conferencia Episcopal de Medellín (1968) en una potencial compatibilidad doctrinaria entre cristianismo y marxismo desde un conclave humanista historicista; una tarea que en la Argentina fue encarnada –fundamentalmente- por el filósofo Conrado Eggers Lan, las revistas Criterio en la etapa dirigida por Jorge Mejía,[22] y Cristianismo y Revolución que dirigió hasta su muerte Juan García Elorrio.[23]

Quizás por eso poco después de ser publicado Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, de Sebreli (un libro que vendió más de 40.000 copias), Jorge Schvarzer lo criticó por utilizar recetas marxistas mezcladas con categorías sociológicas de moda, de las cuales –decía- se sirve pensando más en las ventas que en la calidad intelectual, “si alguien duda de la infalibilidad comercial de esta fórmula, que pase de inmediato a leer Buenos Aires, vida cotidiana y alineación”.[24]

A través de las publicaciones de la época podemos ver que muchos intelectuales argentinos comenzarán a hacer un viraje en sus concepciones, tanto del lugar asignado a los trabajos, como en el cuestionado rol social de sus autores. Se empieza a resaltar la diferenciación entre un marxismo de aficionados y un marxismo verdadero, uno preciso, erudito o profundo, y otro coloquial, aficionado o superficial. Por caso, Eliseo Verón, quien también criticó a Sebreli, reivindicó la validez del marxismo como teoría y práctica revolucionaria y como instrumento de análisis histórico y sociológico. Esto quedó asentado en un artículo de Cuestiones de Filosofía donde dice: “… optamos por una perspectiva marxista de las ciencias sociales. Esta decisión lejos de ser una decisión política y “extrasociológica”, como lo pretenderá el sociólogo puro, es una decisión impuesta por la naturaleza misma de lo que llamamos ciencias sociales”.[25] El nosotros utilizado por Verón incluía a toda la dirección de la revista: Marco Aurelio Galmarini, León Sigal, Jorge Lafforgue y Arthur Gianotti.

En este sentido, el humanismo historicista se convertirá en uno de los rasgos centrales de la cultura de la época. El marxismo como género del humanismo permitió un intercambio entre existencialismo y materialismo histórico, una operación a veces forzada pero donde será posible detectar diversas variaciones en la concepción de intelectual comprometido como sujeto portador, árbitro y responsable de sus propios actos, hacia la idea de intelectual orgánico, es decir, un intelectual comprometido con una organización política partidaria y revolucionaria.[26]

 

3. Gramsci, los intelectuales y la cuestión nacional

El proceso de autocrítica del PC giró en torno al intento de ampliar los márgenes de democratización del partido e instaurar un orden organizativo poli céntrico que permitiera la actualización teórica. Alentado en especial desde posiciones elaboradas por intelectuales del PC Italiano -donde se destaca la tarea de Palmiro Togliatti-, se propuso terminar con el centralismo de la URSS. La discusión de autores como Lukács, Korsch o Luxemburgo, entre otros ya mencionados, abrieron paso a nuevas lecturas políticas a partir de variables histórico-culturales humanistas no habituales, que en el ejercicio de su intercambio cobraron notable importancia y se convirtieron en una alternativa que excedió por mucho las fronteras partidarias, instalándose en todo el arco político de la izquierda y un progresismo reformista fragmentado y susceptible a nuevas propuestas.

De estas lecturas, quizás la más apreciada por importantes intelectuales argentinos de izquierda, fue la de Antonio Gramsci. El atractivo ejercido por Gramsci dejaba notar la gran influencia que había tenido en el país la cultura marxista italiana de posguerra con autores como Colletti, Badaloni, Della Volpe o Luporini, y donde Rodolfo Mondolfo con Renato Treves -pensadores del Risorgimento perseguidos por el fascismo mussoliniano- tradujeron y difundieron obras de Benedetto Croce o Francesco De Santis apoyados activamente en la Argentina, entre otros, por Carlos Astrada y Héctor Raurich.[27]

Señalemos que en el imaginario del PCA Gramsci era considerado un ejemplo indiscutido de moral revolucionaria, un mártir, una figura heroica que ni siquiera en el confinamiento carcelario donde encontró la muerte había cesado su militancia. Sin embargo, hasta aquí no era valorado por sus aportes teóricos, su pensamiento no había sido relevante y quizás por eso su promoción fue muy escasa hasta principios de 1960. De hecho las primeras noticias de Gramsci en la Argentina no llegaron vía PC, sino que fueron proporcionadas por Ernesto Sábato, quien en 1947 realizó una reseña bibliográfica de las Cartas de Gramsci en la revista Realidad. Por ende, no es hasta 1950 cuando la editorial Lautaro publicó una escasa tirada de Cartas desde la Cárcel, y en 1951, año del centenario de la muerte de Esteban Echeverría, Héctor Agosti, un veterano dirigente del PC, dio a conocer Echeverría (Editorial Futuro), donde utilizó en su análisis un modelo teórico gramsciano. Finalmente, en 1953, Sur publicó algunas cartas y Cuadernos de Cultura, una conferencia dictada por Togliatti en Italia donde hacía referencia a Gramsci. Tras un espacio más bien silencioso de diez años, en 1963 serán especialmente los intelectuales de Pasado y Presente los encargados de recuperar con fuerza gran parte de sus herramientas teóricas.

Ahora bien, ¿cuáles fueron los principales aportes de Gramsci a los intelectuales críticos argentinos?: Gramsci concebía que la sociedad era un producto formado históricamente y como tal debía ser investigada y aprehendida mediante la articulación de cuatro componentes esenciales: la economía, la historia, la política y la filosofía.[28] Para Gramsci estos cuatro elementos conformaban una unidad orgánica anudada dialécticamente en una complejidad que sólo el estudio detallado y profundo podía desentrañar. El marcado interés histórico de Gramsci tiene motivaciones políticas, pues consideró que el conocimiento del pasado era una ayuda estratégica e indispensable para el desarrollo consciente de las fuerzas sociales revolucionarias en el presente (de allí que se identifique a Gramsci como el iniciador de una teoría marxista de la política).

Por otra parte, la recepción del pensamiento de Gramsci en los núcleos intelectuales argentinos estuvo dado en buena medida por la funcionalidad y originalidad de conceptos como el de hegemonía, donde otorgó un rol fundamental a los intelectuales y la cultura en el proceso de transformación social, un rol que a su juicio se daba a través de una tarea ligada orgánicamente al desarrollo de la organización política revolucionaria. En este sentido, si bien Gramsci reconoció que los intelectuales constituían una capa de la burguesía que colaboraba activamente en el fortalecimiento y la coherencia de la hegemonía ideológico-cultural burguesa, consideró que éstos, a su vez, tenían la capacidad de mantener una autonomía relativa que les permitía convertirse en constructores, organizadores y persuasores constantes de las transformaciones del ámbito político social. “Desde el punto de vista de la estratificación por clase, pertenecen a todas y a la vez a ninguna; permanecen socialmente en libre suspenso, si es que se quiere describir la situación mediante una expresión engañosa”.[29]

Gramsci planteó con claridad que el intelectual debía asumir roles de dirigente pero con un espíritu diferente al de los clásicos caudillos políticos que se confiaban preferentemente de la oratoria y la emoción. Por el contrario, sostenía que el conocimiento de los problemas específicos de la producción y la técnica eran muy importantes, pues eran herramientas complementarias de una visión general histórico-humanista de la realidad, un enlace activo con la vida práctica que motoriza el cambio revolucionario. Citando sus palabras respecto a la tarea del intelectual, decía: “… que una masa de hombres sea inducida a pensar sobre el presente real con cohesión y dentro de una cierta unidad, es un hecho filosófico más importante y original que la revelación de una nueva verdad por el genio filosófico”.[30]

La incorporación crítica de pensadores histórico-humanistas desde los primeros años de la década del sesenta dieron la posibilidad a los intelectuales argentinos de ampliar los esquemas conceptuales a través de los cuales concebir los conflictos sociales en términos nacionales, cosa que no ocurría con anterioridad en las organizaciones de la izquierda clásica (PC). Quizás este sea uno de los elementos más importantes que la nueva izquierda intelectual recoge de la lectura de Gramsci, quien ofrece las herramientas teóricas para analizar la convulsionada realidad política argentina en clave nacional-popular, sobre todo la irresoluta proscripción peronista y el fracaso de la propuesta desarrollista que había encarnado Frondizi (1958-1962).

José Aricó, quizás el principal animador de la inserción de las ideas de Gramsci en la Argentina y América Latina, ha comentado al respecto:

“… la discusión acerca de la vigencia del gramscismo, tuvo en nosotros un efecto de liberación muy fuerte, nos ayudó a observar fenómenos que antes, en el pensamiento marxista, estaban soslayados. Por ejemplo el problema de los intelectuales, de la cultura, de la relación del Estado, nación y sociedad, la función del partido político en el seno de un bloque de fuerzas populares, etcétera. No es que tales problemas no se pensaran, sino que se pensaban desde una perspectiva que no nos obligaba a descubrir nuestra propia realidad nacional”[31] .

Conviene señalar que hasta que se produce la renovación teórica y la franca introducción de las ideas humanistas, los intelectuales que provenían del comunismo no sustentaban sus análisis políticos en variables histórico-nacionales. Con la teoría de la hegemonía, Gramsci daba un protagonismo vital a una hipotética unidad nacional de las clases dirigentes en el Estado, con el fin de convertirlo en el centro de constitución de un aparato hegemónico que asegurase la implantación del socialismo.

Implícita o explícitamente, la nueva izquierda marxista argentina fue atravesada por una lectura nacional-popular, que si bien había recibido un importante aporte de la experiencia peronista, ahora adoptaba nuevas particularidades organizativas según los casos. De un modo u otro la concepción nacional-popular se convirtió en pieza esencial del andamiaje teórico-filosófico de muchos intelectuales. En resumen: la introducción del pensamiento de Gramsci brindó a las jóvenes generaciones dos elementos esenciales: primero, las herramientas teóricas para repensar el proceso histórico argentino, fundamentalmente, para el abordaje de la cuestión peronista y la relación entre izquierda marxista y nacionalismo popular encarnado fundamentalmente por el peronismo. Y, segundo, para fundar una nueva lectura de las relaciones entre el campo de la cultura y la política que permitiera repensar la históricamente conflictiva relación entre intelectuales y pueblo.  

 

4. La revista Pasado y Presente

Una de las publicaciones clave del período fue Pasado y Presente, quizás la revista que expresó con mayor sofisticación y riqueza teórica las posturas marxistas de la nueva izquierda que nace ligada al cuestionamiento de la izquierda tradicional. Su aparición es posterior a la Revolución Cubana y a la llamada traición frondizista, y, al igual que Contorno, en su recorrido ideológico podemos identificar una tendencia generacional, que va de la teoría del compromiso hacia la idea de intelectualidad orgánica.

Del proyecto inaugural que tuvo lugar en Córdoba participaron Oscar del Barco, Aníbal Arcondo, José Aricó, Héctor Schmucler, Samuel Kieczkovsky y Juan Carlos Portantiero; grupo al que se integraron luego Juan Carlos Torre, César Guiñazú, Carlos Assadourian, Francisco Delich, Luis Prieto y Carlos Giordano. En su primer número la revista presenta una larga editorial donde no sólo define con detalle los objetivos que persigue, sino que nos ofrece transversalmente una radiografía de su postura ideológico-política:

Pasado y Presente aspira a convertirse en una nueva expresión de la izquierda real argentina, parte de la aceptación del marxismo como la filosofía del mundo actual y asume los deberes que esa aceptación le plantea. Será por ello una revista “comprometida” con todas las fuerzas que hoy se proponen la transformación revolucionaria de nuestra realidad”.[32]

La vida de Pasado y Presente se puede dividir en dos etapas. En la primera (de abril de 1963 a septiembre de 1965) la publicación se auto-define como una revista de Ideología y Cultura, que se propone realizar una crítica cultural y política de la realidad. Su estrategia de intervención daba un papel fundamental al desarrollo de la cultura y las ideas en la gestación de transformaciones políticas y sociales, por lo que es explícita aunque no únicamente gramsciana. Sus editores ubican la tarea de la revista en la intersección de una circunstancia histórica donde la nueva generación no reconoce maestros, “no por impulsos de simplista negatividad, sino por el hecho real de que en nuestro país las clases dominantes han perdido la capacidad de atraer culturalmente a sus jóvenes mientras el proletariado y su conciencia organizada no logran conquistar aún la hegemonía que se traduzca en una coherente dirección intelectual y moral”.[33]

En sus artículos alterna relecturas de trabajos como Historia y conciencia de clase de Luckács y la obra temprana de Marx, donde se rescató especialmente la perspectiva filosófica de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, y si bien la matriz ideológica se mantuvo, con el correr de las entregas podemos ver un desplazamiento hacia interpretaciones influenciadas por el estructuralismo de Althusser en La filosofía como arma de la revolución, que impugna los deslices humanistas del joven Marx.

En una breve segunda etapa (de junio a diciembre de 1973) con sede en Buenos Aires, Pasado y Presente buscó establecer un vínculo entre izquierda marxista y peronismo, aunque su influencia político-organizativa fue menor que su peso ideológico. Para entonces Cuadernos de Pasado y Presente se había convertido ya en una conocida editorial que publicó noventa y ocho títulos y participó de la fundación de Siglo XXI Argentina Editores.

Si bien no fue excepcional, la experiencia de Pasado y Presente fue una de las más destacadas dentro del vasto campo editorial de la época, en el cual participaban diferentes colecciones como la Rosa Blindada, Centro Editor de América Latina o Siglo Mundo, sellos que son el relato de una época signada por una cultura profundamente libresca que transitó la modernización socioeconómica y un proceso de gran politización cultural donde el peronismo proscripto, el discurso nacional-populista y la militarización de las organizaciones políticas comenzarían a ocupar un espacio cada vez más destacado.

 

MARXISMO, PERONISMO Y NACIONALISMO

1. La izquierda nacional

Rodolfo Puiggrós y Jorge Abelardo Ramos son dos de los autores más representativos de la denominada izquierda nacional. Si bien su procedencia política y sus edades son muy diferentes, fueron dos de los más activos intelectuales marxistas en la búsqueda de una interpretación alternativa de los orígenes y naturaleza del peronismo. Su trabajo buscó establecer un vínculo entre las corrientes de izquierda marxista con sectores del nacionalismo peronista, e impugnar el papel que habían cumplido tanto la izquierda tradicional (PC) como la dirigencia burocratizada peronista.

Puiggrós dirigió la revista Argumentos hasta mediados de los años treinta y fue expulsado del Partido Comunista en 1946 por no apegarse a la línea del partido frente al peronismo.[34] A partir de 1947 expresó sus ideas en el periódico Clase Obrera y desde 1953 prestó apoyo al gobierno de Perón desde la revista Argentina Hoy. Por su parte, Ramos, que era mucho más joven que Puiggrós, provenía de círculos trotskistas de poca influencia. Tanto Puiggrós como Ramos se ubicaron dentro del llamado nuevo marxismo, corriente que se consideraba parte del pensamiento nacional, enfrentado al liberalismo y el cientificismo de la sociología norteamericana. Hay que decir que el marxismo con el que estos autores fundamentaban sus interpretaciones no era un compendio doctrinario homogéneo, utilizaban alternativamente concepciones de Lenin sobre el imperialismo e ideas de Trotsky sobre semi-colonia y bonapartismo. En su opinión, el peronismo se inscribía en el gran relato marxista como la expresión antiimperialista de un movimiento de liberación nacional que se hallaba en un tramo del camino que había comenzado en las montoneras, continuado en la política criolla y la plebe yrigoyenista.

Para ambos autores la secuencia histórica colocaba al peronismo en un camino irreversible de nacionalización de la conciencia obrera frente a la dominación oligarárquico-imperialista. Así se desprende de los trabajos de Rodolfo Puiggrós: Historia crítica de los partidos argentinos y El proletariado en la revolución nacional en 1956 y  1958, y los de Jorge Abelardo Ramos: América Latina: un país; Crisis y resurrección de la Literatura Argentina y Revolución y contrarrevolución en la Argentina en 1949, 1954 y 1957, respectivamente. A estos libros hay que agregar Nacionalismo y Peronismo (1957) y La formación de la conciencia nacional (1960) de Juan José Hernández Arregui, como los textos que cobraron más notoriedad en los ámbitos universitarios y se convirtieron en la referencia del revisionismo que sobrevino tras el derrocamiento de Perón. Si bien los autores mencionados fueron quienes mejor sistematizaron el proyecto denominado socialista nacional, el personaje original y emblemático del nacionalismo de izquierda fue John William Cooke, quien escribió Peronismo y Revolución y publicó una polémica correspondencia con Perón. Cooke recibió una fuerte inspiración cubana en el desarrollo de sus tesis sobre el peronismo revolucionario, expresión que devenía a su vez de las experiencias insurreccionales de la Resistencia Peronista.

 

2. Peronismo, fascismo y la Tercera Vía

Una hipótesis de Horacio Tarcus sostiene que ambos esquemas, tanto el liberal como el nacionalista, acuden a una explicación extrínseca de los procesos sociales sólo que lo hacen con signos valorativos inversos.[35] Tarcus señala que para Puiggrós y Ramos lo importado era la democracia de estilo europeo y su sistema de privilegios y saqueo simbólico y material, pero la lectura nacional-peronista enfrentaba secularmente unidades orgánicamente preconstituidas como Nación o Pueblo.

Desde otra perspectiva también Lucas Lanusse analiza parte del recorrido de los autores y juzga que la postura intelectual de los marxistas filoperonistas asignó un lugar legítimo en el progreso de la humanidad al movimiento peronista, y en contra de lo que afirmaba la izquierda tradicional o los sectores liberales, para estas nuevas corrientes el peronismo había dejado de pertenecer a la familia de los movimientos fascistas.[36]    

Como fuera, Puiggrós y Ramos consagraron no pocos esfuerzos teóricos al rechazo de todo análisis que atribuyera caracteres fascistas al régimen encabezado por Perón entre 1946 y 1955. Una de las tesis más usadas en respaldo de este afán es la de considerar al fascismo un fenómeno típico del capitalismo avanzado y de una  sociedad con vocación imperial, situación que, a su juicio, no podía atribuírsele a la Argentina. Puiggrós y Ramos más bien veían en Perón una expresión del nacionalismo militar autoritario, opuesto tanto al liberalismo como al comunismo, es decir, opuesto a lo que consideraban las dos formas existentes de imperialismo y abriendo una brecha para el tercerismo o la vía argentina al socialismo.

Puiggrós y Ramos no habían sido, hasta mediados del sesenta, más que una de las diversas lecturas alternativas que se postulaban del peronismo. De hecho no abandonarían su marginalidad hasta los últimos años del sesenta y principios del setenta cuando sus concepciones se convirtieron en un esquema interpretativo con relevancia política, gracias al peso relativo que éste adquirió en una importante porción de la juventud universitaria. En los setenta Puiggrós y Ramos ya eran intelectuales adultos que se convirtieron espontáneamente en influyentes teóricos de la joven izquierda revolucionaria peronista, una militancia (o podríamos hablar también de una generación) que mostró una inclinación ideológica nacional populista que -agudizada por la proscripción y combinada con sectores católicos portadores de un discurso cristiano post-conciliar-, radicalizó sus posiciones y gravitó en algunas expresiones político-militares, especialmente Montoneros.[37]

Puiggrós y Ramos formaron parte del proceso de revisión histórica que denunció la historia oficial como una versión de los triunfadores de Caseros, Pavón y el genocidio Indígena. En este grupo hay que agregar también a Juan José Hernández Arregui, José María Rosa, Rodolfo Ortega Peña, Juan José Real, Blas Alberti, Jorge Eneas Spilimbergo, entre otros. No obstante, sin exagerar la coherencia y la homogeneidad en su corpus ideológico, estos hombres se destacaron por la búsqueda de incorporar el apoyo crítico del marxismo al análisis del peronismo. Sus procedencias diversas: comunistas, troskistas o peronistas, a principios de los setenta confluyeron en una misma visión del peronismo y, en especial, del rol militante que debían asumir los intelectuales argentinos respecto a la transformación social.

 

CONSIDERACIONES FINALES

Lo que hemos llamado el proceso de politización de los ámbitos intelectuales de los sesenta-setenta, estuvo sostenido en buena parte por un mundo de ideas y libros que se apoyó en la inusitada explosión de la industria editorial. En este sentido hay que recordar que el acceso a la formación e información en estos años era predominantemente escrito y no audiovisual o digital como lo es en la actualidad. 

Como hemos descrito a lo largo del texto, en los primeros sesenta la imagen de intelectual más extendida en los ámbitos del pensamiento y la cultura fue la de intelectual comprometido, una figura que estaba anclada fundamentalmente en las ideas del existencialismo sartreano, donde el compromiso ideológico-moral, estético y militante eran concebidos como tareas homólogas. Desde esa óptica el compromiso se forjaba a partir de la asunción de roles sociales que excedían el saber técnico-específico que define a un hombre como especialista o experto.   

La idea de intelectual comprometido apela en cambio a una función social, a una función de portavoz de la conciencia humanista y universal que se distingue más allá de las fronteras y de las nacionalidades. Esta corriente de pensamiento encontró su arquetipo en la imagen del pensador crítico independiente y altamente susceptible de las preocupaciones sociopolíticas y todas aquellas situaciones consideradas injustas. 

Con la renovación teórica que vivió el marxismo en los primeros años de la década del sesenta y la recuperación de autores humanistas-historicistas como Gramsci, entre otros, la idea de responsabilidad y arbitraje crítico –si bien no se perdieron de vista- quedó subordinada a los signos de las problemáticas políticas partidarias, a las necesidades de los conflictos nacionales y a la búsqueda de logros concretos y efectivos que superaban el simple compromiso discursivo o intelectual.

Si bien en sus fundamentos simbólicos ambas concepciones estarían basadas sobre las mismas matrices humanistas que permitieron el intercambio entre existencialismo y materialismo histórico, lo que se ha denominado intelectual orgánico se instaló desde una perspectiva que dio prioridad a las necesidades de desarrollo de la organización político-partidaria (propiciando el paso hacia -algo así como- “de las palabras a los hechos”), más que a las funciones intelectuales eminentemente críticas o denuncialistas.

 

Bibliografía

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[1] Cuando decimos sesenta-setenta nos referiremos a un período difícil de precisar, no obstante, remitiéndonos al uso coloquial que ha adoptado la expresión -y a los fines prácticos de este artículo- vamos a encuadrarlo genéricamente entre los años 1955 y 1973, período donde se desarrolla la proscripción peronista.

[2] When we say sixty-seventy, we refer to a period difficult to establish, although, referring  to the colloquial use the expression has adopted –and for practical purposes of this article- we will generically outline it between the years of  1955 and 1973, during peronist proscription.

[3] Entre los trabajos más significativos de los mencionados autores podemos mencionar los de Ricaurte Soler Formas ideológicas de la nación panameña (San José: Educa. 1972), Clase y Nación en Hispanoamérica, siglo XIX (Panamá: Ediciones Tarea. 1975); los de Arturo Ardao La filosofía en el Uruguay en el siglo XX (México. FCE. Universidad de la República. 1956), La inteligencia latinoamericana (Montevideo. Oriental. 1991); los de Jaime Jaramillo Uribe La personalidad histórica de Colombia (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura. 1982), El pensamiento colombiano en el siglo XIX (Bogotá: Editorial Temis. 1980); los estudios de Leopoldo Zea La filosofía americana como filosofía sin más (México: Siglo XXI Editores. 1989), Pensamiento positivista latinoamericano (México: Biblioteca Ayacucho. 1980); o el de José Gaos Sobre Ortega y Gasset y otros trabajos de la historia de las ideas (California: Universidad de California. 2007), entre otros.

[4] Hugo Rodríguez Alcalá, “Existencia y destino del hombre”, Revista de la Universidad de Buenos Aires, Quinta época año 5 Nº1 (enero-marzo, 1960): 21.

[5] Juan José Sebreli, “Conferencia: La crisis argentina según J.J. Sebreli”, Universidad Siglo XXI, CPCEC (19-06-2005), Córdoba, Argentina.

[6] Abelardo Castillo, “Entrevista de Fernando Piñero”. Tramas. Volumen II, Nº4 (no figura año): p.15.

[7] José Pablo Feinmann,  La sangre derramada (Buenos Aires: Ariel, 1998), 48.

[8] José Pablo Feinmann, La sangre derramada, 48.

[9] Beatriz Sarlo, Conferencia: “Taller de Estudios e Investigaciones Andino Amazónicos”, Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Barcelona, España (06-04-2006). En este sentido, Sarlo agrega: “… todos esos materiales están en las bibliotecas porque no se destruyeron, porque muchas personas los escondieron y los han puesto nuevamente en circulación en las bibliotecas especializadas, (...) y hacer justicia con la historia es darle a esos libros la centralidad que tenían”.

[10] Noé Jitrick, “Entrevista de N. Aguilera y S. Mandolessi”, Tramas…, 41.

[11] Carlos Altamirano,  Peronismo y cultura de izquierda (Buenos Aires: Temas, 2001), 102-105.

[12] Orden y Progreso es un libro que retoma varios planteamientos de La realidad Argentina e Historia de los partidos políticos, de Silvio Frondizi y Rodolfo Puiggrós, respectivamente. Ambos libros tienen un influjo importante en los análisis del peronismo que realiza posteriormente el grupo Contorno

[13] Juan Carlos Portantiero, Algunas variantes de la neoizquierda argentina”. Cuadernos de Cultura. Año XI Nº 50 (noviembre-diciembre, 1960): 59. Dice Portantiero, una neoizquierda –a veces organizada, otras no- que se acerca a la izquierda real y supone una radicalización de los sectores medios.

[14] Por el papel de las nuevas ciencias sociales en la universidad y la sociedad ver: Waldo Ansaldi, “De historia y de sociología” en Después de Germani (Buenos Aires: Paidós, 1992); Federico Neiburg y Mariano Plotkin, Mariano (compiladores), Intelectuales y expertos (Buenos Aires: Paidós, 2004); Claudio Suesnábar,  Universidad e Intelectuales (Buenos Aires: FLACSO Manantial, 2004); Sigal, Silvia. Intelectuales y poder en Argentina, la década del sesenta (Buenos Aires: Siglo XIX, 2002).

[15] B. Kleiner, 20 años de movimiento estudiantil reformista (Buenos Aires: Platina, 1983), 334.

[16] Un indicador o un síntoma del poderoso proceso de politización al que nos referimos -y que atraviesa a los ámbitos culturales y académicos argentinos-, es el particular fenómeno que viven las llamadas “Cátedras Nacionales” y “Cátedras Marxistas” en la Universidad de Buenos Aires, luego del interregnum de represión y vaciamiento del profesorado provocado por la dictadura de Onganía desde 1966. Dichas cátedras tuvieron una curiosa participación en la historia de las tentativas de interpretación del peronismo en los inicios de 1970. A las polémicas propuestas organizativas internas de las cátedras, se sumaron las intensas discusiones desarrolladas en las cátedras, donde confluyeron diversos intelectuales como Rodolfo Puiggrós, Abelardo Ramos, Justino O´Farrel, Gonzalo Cárdenas y Juan Caros Portantiero, entre los más conocidos. Una de las particularidades de la controversia entre las cátedras fue el intento de incorporar diversas categorías marxistas al análisis del peronismo. Para más datos ver Raúl Burgos, Los gramscianos argentinos (Buenos Aires: Siglo XXI de Argentina Editores, 2004), 179-206. 

[17] Acta de Directorio Eudeba, Nº 95, (25 de mayo de1966), 17.

[18] Hernán Invernizzi y Judith Gociol, Un golpe a los libros (Buenos Aires: Eudeba, 2003), 58.

[19] El apoyo a Casa de las Américas era una manera de apoyar la Revolución Cubana y sus propuestas políticas. Casa de las Américas fue lanzada como revista bimensual en mayo-junio de 1960 desde La Habana como un órgano dependiente del Centro Revolucionario de la Cultura Latinoamericana. Sus máximos responsables fueron Antón Arrufat y Fasto Masó y tuvo entonces como objetivo central tejer una red político-ideológica que diera contención a la joven Revolución y permitiera reforzar una identidad continental dentro de la comunidad intelectual latinoamericana. Del comité editorial de la revista participaron escritores de la talla de Ezequiel Martínez Estrada, Virgilio Piñera, Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Ernesto Sábato, Juan Gelman, Francisco Urondo, Octavio Paz, Pablo Neruda, José María Argüedas, Rodolfo Hinostroza, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, Manuel Pedro González, Ángel Rama, Eros Ferrán Bortolato, Bryce Echenique, José Danoso, Alberto Duque, Jorge Onetti, entre otros.

[20] Fuentes Carlos, “Entrevista de José Andadón”, Revista Iberoamericana, Nº 123-124 (1983): 621.

[21] Recordemos que los trabajos de Marx y Engels datan de fines del siglo XIX, El imperialismo, etapa superior del capitalismo de Lenin de 1916, Programa de Transición de Trotsky de 1938, es decir, todos eran anteriores a la Segunda Guerra mundial y las diversas experiencias que la posguerra había desatado en las colonias europeas, así como el desarrollo industrial en algunos países periféricos cobraban características diferentes a las que analizaban los textos del marxismo ortodoxo.

[22] La revista Criterio fue fundada en 1928 y su primer director fue Atilio Dell´Oro Maini. En 1932 asumió la dirección Gustavo J. Franceshi hasta su muerte en 1957, y su lugar lo ocupó Jorge M. Mejía (hasta 1978). Durante la gestión de Mejía la revista suavizó su perfil eminentemente oficial, renovando y sensibilizando parcialmente sus enfoques y recogiendo las discusiones sociales desarrolladas en el Concilio Vaticano II (1962-1965). De hecho Mejía produjo un recambio en el consejo de redacción de la revista que quedó conformado a partir de entonces por Juan Julio Costa, Carlos Alberto Florida, Felipe Freire, Jaime Potenze, Basilio Uribe y Manuel Francisco Artiles, entre otros. De 1978 a 1989 la publicación es dirigida por Rafael Braun.  

[23] La tarea de compatibilidad entre cristianismo y marxismo no tuvo pocos inconvenientes. Por caso, Eggers Lan fue cuestionado tanto por los sectores tradicionales de la Iglesia encarnados especialmente por el cardenal Caggiano o Julio Meinville, como por parte de la nueva izquierda marxista. Por ejemplo, León Rozitchner escribió en la revista Pasado y Presente “Marxismo o Cristianismo” (Nº3, 1964) donde acusó a Eggers Lan de aprovechar el marxismo como instrumento político, y de ser un confucionista moralizante y un reduccionista de las bases filosóficas materialistas del marxismo; la respuesta de Eggers Lan no se hizo esperar y se tituló “Respuesta a la derecha marxista” (Nº4, 1964). Por su parte, Oscar Masotta, menos severo que Rozitchner, observó en Discusión (Nº2, 1963) el personalismo que dificultaba estas expresiones cristianas.

[24] Jorge Sagastume (seudónimo de Jorge Schvarzer), “Buenos Aires, vida cotidiana y alineación”, Fichas de Investigación Económica y Social, Año 1 Nº5 (marzo, 1965): 62.

 

[25] Eliseo Verón, “Sociología, ideología y subdesarrollo”, Cuestiones de Filosofía, Año 1, Núm. 2-3 (1962): p.13.

[26] Al respeto Oscar Terán se pregunta ¿No había proclamado el propio Sartre que el existencialismo era un humanismo?, y señala que la noción de revolución va marcando el pasaje desde un humanismo de signo trágico hacia otro confiadamente optimista en la capacidad de transformación de las estructuras despóticas que pesan sobre los hombres. Oscar Terán, Nuestros años sesenta (Buenos Aires: El cielo por asalto, 1993), 19-20.

[27] Rodolfo Mondolfo publicó Ciencia de la Lógica de Hegel (1956), Marx y marxismo (1960) y El humanismo de Marx (1964); fue un teórico de reconocimiento internacional, fue discípulo de Antonio Labriola contemporáneo de Gramsci y responsable del acercamiento de sus textos a la Argentina. Por su parte, Carlos Astrada (UNC) completó sus estudios en Alemania donde conoció a Scheler, Hartmann, Husserl, Heidegger. Publicó Humanismo y dialéctica de la libertad (1960), Dialéctica y positivismo lógico (1961), Fenomenología y praxis (1967) y Dialéctica e historia (1969), entre otros textos.   

[28] En Gramsci está presente la idea del todo es política. Incluso con filosofía se refiere a la única filosofía que concibe: la de la praxis, la de la historia en acción, la de la vida misma.

[29] Theodor Geiger, “La estructura social de la Intelligentzia”. Cuadernos de Investigación Social. Los intelectuales políticos, (1975):115.

[30] Antonio Gramsci, La formación de los intelectuales (Barcelona: Grijalbo, 1974), 64.

[31] José Aricó, Entrevistas (1974-1991) (Córdoba: Centro de Estudios Avanzados. 1999), 18.

[32] José Aricó, “Editorial”, Pasado y Presente. Año 1 Nº 1 (abril-junio, 1963): 8.

[33] José Aricó, “Editorial”…, 1.

[34] El PC buscaba trazar una alternativa entre la dicotomía Peronismo-Antiperonismo, mientras que Puiggrós consideraba que los campos se dividían en Proimperialistas-Antiimperialistas. Puiggrós creía que el peronismo era un movimiento de la burguesía nacional que buscaba su desarrollo independiente. No obstante la disidencia, su bagaje ideológico y terminológico no se distinguió del marxismo-leninismo. 

[35] Horacio Tarcus, El marxismo olvidado en la Argentina (Buenos Aires: El Cielo por Asalto. 1996), 139.

[36] Lucas Lanusse, Montoneros. El mito de los doce (Buenos Aires: Ediciones B. 2005), 61.

[37] Si nos detenemos en los años de publicación -aproximadamente de 1954 a 1961- de los libros de Ramos, Puiggrós, Hernández Arregui (y Arturo Jauretche que no era marxista), podemos ver que el proceso de cuestionamiento, revisión y crítica no comienza en los sesenta sino antes, y que tampoco es patrimonio exclusivo de una generación, sino que en rigor se trata de por lo menos dos grandes grupos generacionales difusamente diferenciables, pero que podríamos agrupar: 1º) el que ronda los 30 años de edad en 1946 y, 2º) el que ronda los 20 en 1966.

 

 

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