Publicación de la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, para contribuir y difundir el conocimiento histórico. Publicación de la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, para contribuir y difundir el conocimiento histórico.

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ISSN 1669-9041
Es una publicación anual de la Escuela de Historia para contribuir a la divulgación del conocimiento histórico.
Universidad Nacional de Salta
 


REVISTA

ESCUELA DE HISTORIA
Año 3, Vol. 1, Nº 3, 2004
 

Colaboración Internacional

Comentarios sobre historiografía alemana *

Georg G. Iggers


 

Resulta interesante que el Colectivo Utopía me haya pedido un seminario sobre historiografía alemana cuando en general "sabemos muy poco sobre este tema". Lo cual no es sorprendente. Es impresionante el reducido número de estudios históricos alemanes que actualmente han sido traducidos al inglés, y sospecho que mucho menos al español, comparados con los trabajos traducidos del francés e incluso del italiano. Lo anterior contrasta con la situación del siglo XIX, cuando los trabajos históricos de los alemanes servían como modelo a los estudios históricos a nivel internacional.

    La revista English Historical Review publicó en su número inaugural en 1886 un artículo de Lord Acton sobre la Escuela de Estudios Históricos Alemanes, en París La Ecole Pratique des Hautes Etudes fundada en 1868 adoptó el método alemán de seminarios. La American Historical Association fundada en 1884, eligió un año después a Leopold von Ranke a quien considera como "padre de la ciencia histórica moderna", primer miembro honorario. En Japón recién establecida la Universidad Imperial de Tokio, se invitó a un joven historiador alemán, Ludwig Riees, seguidor de Ranke, para organizar el departamento de historia. Gran parte de lo anterior se explica por el deseo de una época que venera a la ciencia por "elevar a la historia al rango de ciencia" lo cual fue supuestamente logrado por primera vez en Alemania. El término ciencia (Wissenschaft) tal como se aplica aquí a la historia no tenía el mismo significado que en las ciencias naturales, las cuales buscaban leyes y explicaciones generales, sino más bien connotaba el estudio sistemático de las acciones y decisiones  humanas dentro de un marco histórico y  que no podían ser reducidas a categorías meramente abstractas, aunque requería de métodos para comprender (verstehen) el significado inherente a los asuntos humanos.

La aspiración de los historiadores a encontrar un método tan riguroso como el de las ciencias naturales hizo científica la ciencia histórica. Su método consistía en el examen crítico y la interpretación de las fuentes primarias en las que un relato histórico confiable podía fundamentarse. Unido a ello se encontraba el ideal de la objetividad.

    No obstante, lo que hacia a la Historia científica a los ojos de los contemporáneos del siglo diecinueve no era únicamente la adhesión a métodos sistemáticos y a parámetros o más bien ideales de objetividad, sino su estatus profesional. Mientras la escritura de la historia suponía aprendizaje y erudición, en Occidente tradicionalmente había sido realizada por no profesionales, amateurs, si prefieren el término, incluyendo a los grandes historiadores desde Tucídides hasta Gibbon.

    Con la fundación de la Univerisdad de Berlín en 1810, la historia se convirtió en una disciplina centrada en universidades e institutos de investigación. Gran parte del estatus profesional del historiador tenía muy poco que ver con la ciencia en el sentido cognitivo, sino con un habitus, con el modo en que un historiador se comporta e interactúa como científico. Digo historiador de manera intencional, ya que las mujeres estaban efectivamente excluidas de la profesión. Siguiendo el patrón de las ciencias naturales, la disciplina establece largos periodos de entrenamiento para adquirir grados académicos, una jerarquía profesional, asociaciones y revistas en torno a una comunidad de académicos. Como académico profesional, el historiador podía hablar con aires de autoridad

    Sin embargo, desde el principio hubo una contradicción entre la afirmada objetividad del historiador y la función política de su trabajo. La profesionalización de los estudios históricos estuvo estrechamente vinculada al surgimiento del nacionalismo, no sólo en Alemania sino en Occidente en general y en Japón. El estricto examen del pasado nacional servía para legitimar las aspiraciones nacionales.

    Los historiadores que decían trabajar científicamente no estaban conscientes del problema de que, aunque su método de crítica a las fuentes les permitía establecer las bases factuales de la historia, no tenían métodos claros para llegar a interpretaciones históricas. Los historiadores de la Escuela Histórica Alemana suponían que la inmersión en las fuentes develaría las grandes fuerzas que operan en la historia. Mientras el proceso de revisión de las fuentes era conducido por guías metodológicas relativamente claras, no existía ningún lineamiento para proceder de estas fuentes a la transformación de las bases factuales provistas por dichas fuentes hacia una imagen histórica coherente. 

    El proceso que iba de las fuentes a la coherencia para la Escuela Histórica estaba guíado por lo que ellos llamaban "intuición". Los historiadores abordaban los archivos no para dejar que las fuentes los guiaran sino para encontrar los fundamentos a su noción preconcebida de una historia nacional. Aunque los historiadores profesionales establecían una estricta separación entre los hechos y la ficción, entre los relatos históricos y la literatura imaginativa, en realidad las líneas que los separaban eran muy borrosas. Así, los historiadores crearon grandes relatos de historia nacional. Es importante subrayar que los historiadores alemanes del siglo XIX, a pesar de sus aspiraciones académicas, eran leídos por un amplio público no académico y se consideraba que ofrecían una imagen coherente y significativa. Este nuevo tipo de historia tomó cada vez más el lugar de la filosofía como la ciencia humanística fundamental.

    Es una paradoja que en la época en que los estudios históricos se profesionalizaron y se comprometieron con un ideal de objetividad, que exigía un acercamiento neutral en cuanto a valores, se tornaron altamente ideológicos. El nacionalismo constituía la mayor parte de esta ideología, compartida entonces por historiadores profesionales de todo el mundo. Pero esta ideología también estaba vinculada a las prioridades políticas (political agenda), diferentes en cada nación. Los historiadores estaban muy conscientes de su función política, de su misión patriótica. En Alemania, el desarrollo de la profesión histórica estaba estrechamente relacionado a la historia de la unificación alemana. Tras el fracaso de la revolución de 1848 que pretendió crear una Alemania unificada sobre lineamientos democráticos, un amplio segmento de la burguesía (Bürgertum) alemana, las clases medias educadas y dueñas de propiedades, depositaron su esperanza en la dinastía Hohenzollern de Prusia, prefiriendo así apoyar un gobierno semi-autócrata que protegiera los intereses de las clases medias y mantuviera a la masa electoral a raya. La escuela dominante de historiadores se identificó con un orden político que contrastaba con las condiciones alemanas, que ellos apoyaban con la tradición liberal y democrática de las naciones occidentales. Construyeron una narrativa maestra que veía a la unificación alemana "a sangre y hierro" de Bismarck como la culminación del proceso de expansión iniciado en la Edad Media. Esta visión de la historia incluía tres elementos que proporcionaban un guión para la escritura de la historia: 1) una "idea alemana de libertad" que en contraste con las ideas occidentales de libertad, creía que la libertad sólo era posible en el orden político correspondiente a la Alemania imperial; 2) una concepción de lo que debería de ser la materia constitutiva de los estudios históricos, una, en la cual el Estado concebido de una manera hegeliana y rankeana, como personificación de los valores éticos ocupaba el lugar central de los relatos históricos. La Historia era así la historia de la política, de las decisiones tomadas por las élites políticas y la lucha de los estados por un lugar dentro del escenario europeo o mundial. La historia social y económica eran por lo tanto marginales a los estudios históricos y eran colocados en departamentos separados dentro de las universidades; 3) epistemológicamente hablando, una metodología capaz de construir narrativas centradas en decisiones individuales tomadas por las personalidades políticas principales y que rechazan todo intento de acercamientos analíticos como los de las ciencias sociales empíricas, llamadas positivistas o marxistas. Ello reflejaba una sociedad en la que la modernización había ocupado el lugar en el área de la industrialización sin un desarrollo paralelo en las instituciones políticas y en las posturas sociales. 

    Aunque en teoría, los historiadores al ser profesores eran servidores públicos, y por lo tanto empleados del Estado, tenían libertad para realizar sus investigaciones, en la práctica existía un amplio consenso entre el profesorado. El proceso de reclutamiento académico hacía extremadamente difícil a las personas que no compartían dicho consenso obtener posiciones universitarias. Por ejemplo, era muy difícil para los profesores no protestantes, como judíos, protestantes descendientes de judíos, católicos o disidentes políticos, conseguir algún nombramiento.  

    Esta estrecha concepción de la historia fue confontrada por primera vez hasta los inicios del siglo XX. Uno de los desafíos provino, por supuesto, de los marxistas que trabajaban fuera de la academia. La Historical School of National Economy,  que se distinguía por su materia de Economía e Historia Social, se constituyó como una disciplina separada, mas no era vista por los historiadores académicos como una amenaza, porque también se enfocaba en la centralidad del Estado y representaba posiciones políticas muy similares. Sin embargo, fuera de Alemania, el paradigma de la Escuela Alemana de Historia fue cuestionado cada vez más por los historiadores, para quienes dicho paradigma fracasaba en la descripción de las realidades del mundo moderno industrial. En Francia, Estados Unidos, Escandinavia, Rusia, Polonia y Japón, los historiadores ampliaban la mirada de sus estudios para incluir a la sociedad y a la cultura. Los nuevos historiadores en los Estados Unidos y los precursores de la escuela de los Annales en Francia, encontraron que el paradigma alemán no era suficientemente científico porque no tenía guías metodológicas para la explicación causal del fenómeno histórico. Ellos querían estrechar la colaboración entre historiadores, sociólogos y economistas, y en Francia también con los geógrafos.

En Alemania, Max Weber criticaba a la Historical School of National Economy porque no tenía una metodología para la explicación de las conexiones causales en la historia y en la sociedad. Weber buscaba un enfoque que pudiera salvar la fisura entre las tentativas de los positivistas de reducir a la historia y a la sociedad a leyes abstractas, y el historicismo tanto de la Escuela Alemana de Historia como el de la Historical School of Political Economy, las cuales rechazaban la teoría y buscaban las fuentes que revelaran una narrativa comprensible. En cambio, Weber buscaba un método, por medio del cual, el uso de lo que él llamaba tipos ideales, tomara en consideración los elementos del sentido de la acción en la historia y la cultura. Elementos que podrían ser alcanzados con estos conceptos de acuerdo a sus interrelaciones y ser probados empíricamente.

 

En el inicio del marco de  las discusiones internacionales apareció la Historia Alemana  (1891-1909) de Karl Lamprecht, la cual integraba la historia política, social y cultural y apelaba a una nueva concepción de la historia científica enfocada en explicaciones generales. Para muchos historiadores y también para Max Weber, la obra de Lamprecht representaba una mezcla de especulación filosófica de la historia y de las ideas románticas del espíritu nacionalista (Volksgeist). En Alemania, los historiadores profesionales rechazaban casi unánimemente la propuesta de Lamprecht porque disminuía la centralidad del Estado debido a su énfasis en la cultura y la sociedad y lo acusaban infundadamente de proximidad con el marxismo debido al papel que le asignaba a los factores materiales y la búsqueda de leyes de desarrollo histórico. En consecuencia, la profesión histórica alemana formó un frente casi sólido y previno el desarrollo de la profesión de la historia social y cultural en las siguientes décadas.

    La Primera Guerra Mundial condujo a una mayor radicalización del conservadurismo y del nacionalismo en la profesión histórica alemana. Los historiadores alemanes en favor de la guerra, intentaron interpretarla como un conflicto entre dos culturas políticas: las "ideas alemanas de 1914" con su afirmación de la tradición política e intelectual alemana enraizadas en el idealismo románico, llamado por algunos "Kultur" alemán y las "ideas de 1789" identificadas con los principios de la revolución francesa y una "Zivilisation" superficial y racionalista.

Durante la guerra se hizo evidente una división entre los historiadores alemanes. Por un lado, un pequeño grupo de historiadores e intelectuales, quienes creían que en la política doméstica, la distancia existente entre la clase trabajadora y la burguesía debía ser salvada mediante reformas sociales y una reforma parcial del sistema imperial hacia un gobierno parlamentario dirigido a la democratización, a través de la definición real de los objetivos de la guerra que buscasen la reconciliación entre las partes en conflicto, oponiéndose a la ofensiva submarina sin restricciones de 1917.  Por otro lado, un grupo grande de Pan Germanos que defendían vehementemente el status quo político y una guerra con fines expansionistas que consolidaría a Alemania no sólo como potencia dominante en Europa sino en todo el mundo.

Historiográficamente, ambos grupos rechazaban las visiones positivistas, estaban comprometidos con una escritura y estudio de la historia con función nacional y deseaban preservar la monarquía. La mayoría de los historiadores se negaba a aceptar la República democrática de Weimar surgida de la derrota de 1918 y el orden internacional de la posguerra, propugnando por la revisión de ambos.

Friedrich Meinecke representaba a la minoría de historiadores e intelectuales que apoyaban la República de Weimar, no por convicción, sino por una suerte de realismo. También deseaban la reconciliación de Alemania con sus antiguos enemigos. Meinecke deseaba alejarse de la estrecha perspectiva política de la historiografía tradicional alemana para acercarse al estudio de las ideas que motivaban las acciones políticas, aunque evitaban las perspectivas sociológicas de los nuevos historiadores de otros países. Sin embargo, también se mostraba tolerante con otros puntos de vista, dando como resultado el que algunos de los historiadores jóvenes que buscaban nuevas perspectivas historiográficas estudiasen bajo su dirección en sus seminarios.

En la década de los veinte, los estudios históricos alemanes que en algún momento alcanzaron gran prestigio se encontraban efectivamente aislados de la academia internacional. Ahora los trabajos interesantes e innovadores eran realizador fuera de Alemania, particularmente, en Francia.

En Alemania, los historiadores jóvenes empezaron a cuestionar el saber tradicional. Estos historiadores se podían dividir en dos grupos muy distintos. Por una parte, los pocos que retomaron algunas de las ideas de Marx, sin ser marxistas y de Max Weber, realizando aproximaciones a la historia política con herramientas analíticas sociológicas. Todos apoyaban la democracia de Weimar y eran cercanos al Partido Social Demócrata. Muchos de ellos, sobre todo Eckart Kehr, repudiaban la idea del papel dominante de la política internacional en la formación de políticas internas y buscaban demostrar la medida en que el armamento naval alemán del periodo Wilhemiano, por ejemplo, estuvo influenciado por consideraciones económicas y de política interna. Pasó de la historia de los acontecimientos y las decisiones individuales al estudio de la estructura y del conflicto social.

Por otra parte, un segundo grupo muy diferente que provenía de los historiadores, sociógrafos y etnógrafos de ultra derecha, que también criticaba la historiografía tradicional y la academia institucionalizada y buscaba una historia con nuevas bases étnicas. En el centro de la historia estaba el Volk (pueblo) entendido en términos raciales. Su preocupación política era la revisión del Tratado de Versalles, la expansión de Alemania -no sólo a las fronteras de 1914, sino hasta la inclusión de todos los étnicamente alemanes, en particular, pero no exclusivamente, hacia el Este-; y el establecimiento del dominio alemán sobre grupos étnicos no alemanes. En cierto modo estos jóvenes bárbaros seguían las muy modernas líneas de la investigación histórica, no muy distintas de los Annales franceses. Querían escribir la historia del pueblo (Volk) de una manera casi etnológica -vida cotidiana, patrones familiares, aspectos materiales, condiciones de trabajo. Empleaban métodos cuantitativos, cartografía y prestaban atención a las tendencias demográficas. Por otro lado, aborrecían la modernidad y pretendían el retorno a una visión romántica del campesinado. La fuerza que guiaba a la historia no era el conflicto social sino el racial. Muchos de estos historiadores se unieron al movimiento Nazi desde sus inicios.

    La llegada al poder del nazismo en 1933 acarreó la expulsión de las universidades de los miembros del primer grupo por su posición política democrática, su ascendencia judía o ambas. Los pocos que se declaraban francamente demócratas como Franz Schnabel y Johannes Ziekursch fueron forzados a retirarse. Los historiadores moderados como Hermann Oncken, Walter Goetz y Friedrich Meinecke fueron silenciados. La gran mayoría de historiadores académicos no tuvo ninguna dificultad para vivir bajo el régimen Nazi. Casi todos habían deseado que la democracia de Weimar fuera reemplazada por un fuerte régimen autoritario. No tenían ningún problema con las políticas externas agresivas de los Nazis y con la remilitarización alemana. Es una vergüenza que en 1933 cuando todavía era posible protestar en contra de la exclusión de sus colegas judíos, ninguno de los historiadores lo haya hecho. Todos, incluyendo a Friedrich Meinecke apoyaran los esfuerzos bélicos Nazis, como lo hizo Gerhard Ritter, quien más tarde sostuvo haberse resistido a los Nazis a través de su participación en un círculo compuesto en su mayoría por militares y aristócratas quienes conspiraron contra Hitler, en las últimas etapas de la guerra. Ninguno habló abiertamente en contra del genocidio. La mayoría de los todavía jóvenes historiadores del círculo de Volksgeschichte (historia del pueblo), incluyendo a Walter Conze y Theodor Schieder, quienes desempeñaban un papel importante en la profesión histórica de Alemania Occidental después de 1945, fueron investigadores activos en la planeación de la limpieza étnica del Este y en el exterminio judío.

    Fue poco lo que cambió en la porción Occidental de Alemania inmediatamente después de 1945. Los historiadores que había apoyado activamente el régimen Nazi fueron rápidamente des-Nazificados y reincorporados a su profesión. Con una excepción, Hans Rothfels, quien como profesor de la Universidad de Königsberg, hasta 1934 había sido el mentor de los historiadores con orientación Volksgeschichte, incluyendo a Conze y Schieder, y tuvo que huir de Alemania en 1939 debido a ascendencia judía tras los fracasados intentos por declararlo "ario honorífico". Ninguno de los historiadores que habían sido forzados a emigrar regresó.

    Durante los siguientes quince años, la profesión histórica fue dominada por quienes ya tenían cátedras antes de 1945 y en muchos casos antes de 1933. Por supuesto, ya no era posible sostener las doctrinas Nazis, mucho menos aquellas racistas. Los historiadores nacionalistas conservadores como Ritter, Rothfels e incluso el anciano Meinecke negaban que el Nazismo hubiera tenido raíces específicamente alemanas, sino que era un fenómeno europeo en la era de masas. Según ellos, Hitler llegó al poder no porque Alemania haya sido insuficientemente democrática, sino porque era demasiado democrática. Sostenían que el Nazismo representaba un quiebre radical con las tradiciones alemanas. Reafirmaban los presupuestos ideológicos y metodológicos de la tradición historiográfica nacionalista y la solidez de la Alemania creada por Bismarck. Los jóvenes historiadores que habían formado parte del movimiento Volksgeschichte en la época Nazi, sobre todo Conze, Scheider y el medievalista Otto Brunner, introdujeron una nueva tendencia en los estudios históricos, creando las bases de una nueva historia social. Repudiaron la concepción racial del Volk y la glorificación romántica del pasado agrario tornando su atención a una nueva época industrial la cual necesitaba ser analizada en términos de "estructuras" más que a partir de decisiones individuales y los liderazgos personalizados que habían interesado a la vieja historiografía. A diferencia de los historiadores sociales anteriores a ellos, por ejemplo aquellos que habían emigrado después de 1933, los nuevos historiadores sociales, o historiadores estructurales, como se nombraban ellos mismos, no enfrentaron hostilidades del viejo orden, en parte porque compartían valores políticos y se unieron en la apología de la Alemania de antes de 1933. Para Conze, entre otros, el Nazismo era también un fenómeno general de occidente que debía entenderse en términos del desarrollo moderno de la sociedad industrial y tenía pocas raíces en tradiciones o estructuras específicamente alemanas. El sistema de reclutamiento garantizó que el consenso ideológico dentro de la profesión se mantuviera en gran medida.

    La reorientación del pensamiento histórico alemán que anunció una nueva fase en los estudios históricos alemanes ocurrió hasta principios de la década de 1960. En 1961, Fritz Fischer, quien se había iniciado como historiador en la tradición nacionalista con un pasado Nazi, publicó su estudio del origen de la Primera Guerra Mundial Der Griff nach der Weltmacht (publicado en Inglés como Germany's Aims in the First World War, pero una traducción más fiel sería La toma del poder mundial). Los historiadores alemanes habían  considerado como su deber patriótico invalidar el Artículo 231 del Tratado de Versalles que responsabilizaba únicamente a Alemania y a sus aliados de la guerra y afirmar que todos los combatientes de 1914 eran igualmente responsables; que el sistema de alianzas había desencadenado la guerra. Tras revisar cuidadosamente los documentos, Fischer estableció que el gobierno de Alemania en el verano de 1914, lejos de haber refrenado a Austria-Hungría tomó deliberadamente el riesgo de una guerra preventiva. También puso al descubierto los objetivos anexionistas del gobierno alemán en Europa oriental, occidental y el resto del mundo, y finalmente mostró la cercana cooperación entre la industria y el gobierno en los intereses bélicos. La guerra fue también una escapatoria a las tensiones internas entre el gobierno y las clases trabajadoras. En un libro subsiguiente Der Krieg der Illusionen (La guerra de las ilusiones, 1967). Fischer postulaba una continuidad entre los intereses bélicos alemanes en la Primera y la Segunda Guerra Mundial. La tesis de Fischer causó una tremenda conmoción en Alemania. Particularmente muchos de los historiadores jóvenes, que habían sido niños o adolescentes durante el periodo Nazi y asistieron a la universidad después de 1945, estaban de acuerdo con él.

    El enfoque metodológico de Fischer era aún convencional, construía una narrativa política sobre las bases de fuentes documentales en la que las decisiones políticas eran cruciales. Planteaba, sin embargo, el asunto de si el desarrollo político que llevó al Nazismo debía o no ser entendido dentro del marco de las estructuras sociales alemanas.

    En 1965 Hans-Ulrich Wehler, un alumno de Scheider, que había pasado varios años de su juventud en Estados Unidos, reeditó el libro de 1930 de Eckart Kehr sobre la construcción de la flota naval alemana de 1894 a 1901; y en 1966 una colección de los ensayos de Kehr sobre el papel decisivo que la tardía modernización política y social alemana desempeñó en la política exterior y militar alemanas. En un pequeño libro El Imperio Alemán de 1871 a 1918 (1973), Wehler se enfrentó a la pregunta sobre las raíces del Nacional Socialismo en la estructura política y social de Alemania. Wehler proponía un camino normal hacia una sociedad moderna. Desde su punto de vista uno de los elementos constitutivos de la sociedad industrial era la emergencia de una democracia parlamentaria. Esto, argumentaba, ocurrió en todas las sociedades occidentales industrializadas -Wehler no incluyó a Japón- mas no en Alemania. Alemania siguió un "sendero separado" (Sonderweg), diferente al de otros países industrializados, sobre todo Inglaterra. Según él, una comprensión de la situación especial de Alemania requiere una metodología vinculada a las ciencias sociales. Wehler llamaba a una "Ciencia Social Histórica". En contraste con la antigua tradición historiográfica, esta nueva dirección trataba de explicar el desarrollo político en términos de estructuras sociales y procesos históricos. Con la recién fundada Universidad de Bielefeld como centro, Wehler (nacido en 1931) y su colega más joven Jürgen Kocka (nacido en 1941) lanzaron una serie de estudios en torno a la industrialización, las clases trabajadoras pero también las clases medias, incluyendo una serie monográfica de "Estudios Críticos" y la revista Geschichte und Gesellschaft (Historia y Sociedad). Muchos de estos temas también habían sido abordados en las publicaciones del Arbeitskreis für Sozialgeschichte (Círculo de Trabajo para la Historia Social), fundado por Conze en 1957. Argumentó, por lo tanto, que la Ciencia Social Histórica tuvo predecesores en el Volksgeschichte des-Nazificado y modernizado por Conze. De hecho, Conze y Scheider habían sido mentores de algunos de los historiadores críticos más recientes como Wehler, Hans Mommsen y Wolfgang Mommsen, asociados con la nueva dirección; aunque no de otros incluyendo a Jürgen Kocka quien había estudiado con Gerhard A. Ritter, nacido en 1929 (no confundir con Gerhard Ritter) quien había realizado estudios comparativos del parlamentarismo, los partidos políticos y las clases trabajadoras en Alemania y Gran Bretaña.

No obstante, existía una diferencia fundamental entre los trabajos del círculo de la Ciencia Social Histórica y la Historia Estructural (Strukturgeschichte) del mundo industrializado tal como lo concebía Conze. Una pregunta clave de la Ciencia Social Histórica fue el plantearse el por qué y  el cómo los Nazis llegaron al poder. Ellos vieron esto no como una ruptura con la historia alemana, sino como una continuidad que se vio profundamente afectada por la democratización incompleta de Alemania. Se sentían muy comprometidos con los historiadores emigrados como Hans Rosenberg, quien en 1949 y 1950 impartió varios importantes seminarios como profesor invitado de la Universidad Libre de Berlín. También estuvieron influenciados por la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt, de Max Horkheimer y Teodoro Adorno, quienes en 1951 habían regresado del exilio. Repudiaron el dogmatismo de Marx -ninguno de los historiadores de la Alemania occidental podía darse el lujo de ser marxista- aunque el papel clave que le asignaron al conflicto social y a la influencia de las fuerzas materiales tenían reminiscencias de Marx. Filtraron a Marx a través de la mirada de la Ciencia Social de Max Weber.

    En el transcurso de la década de 1960 se rompió el consenso que había dominado la profesión histórica desde mediados del siglo XIX mientras emergía una nueva generación crítica educada después del periodo Nazi y las universidades se expandieron y empezaron a ocupar las posiciones profesorales. Y fue así que cambió el clima ya que un grupo grande de historiadores seriamente comprometidos con la democracia y en muchos casos con la Social Democracia, con la clara imagen de Alemania Occidental como parte de Occidente manteniendo contactos cercanos con historiadores y científicos sociales de Occidente, principalmente de Estados Unidos y Gran Bretaña.

    Sin embargo, la nueva orientación crítica no estuvo exenta de cuestionamientos. En 1986 Ernst Nolte, historiador del fascismo europeo en un artículo en el diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung titulado "El pasado que se niega a irse", abrió la llamada Historikerstreit (Controversia de historiadores) con un ataque frontal a los historiadores que veían críticamente el pasado alemán. Argumentaba que el Holocausto debía ser observado dentro de un contexto europeo, y no exclusivamente en el alemán, el cual se había modelado en los masivos asesinatos en los gulag (campos soviéticos de trabajo forzado) orquestados por Stalin. Nolte aseguraba que Hitler, tenía justificación al internar a los judíos aunque no para matarlos, ya que el Congreso Mundial Judío al inicio de la guerra en 1939 llamó a los Judíos a apoyar a Gran Bretaña. Esta era una postura extrema, pero de alguna manera la compartían otros historiadores. Aun así las voces de protesta eran mucho más fuertes, apoyadas por el Presidente de la Federación Richard Weizsäcker quien el cuadragésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, unos cuantos días después de que Ronald Reagan, Presidente de Estados Unidos y el Canciller de Alemania Occidental, Kohl visitaran el cementerio militar en el que estaban enterrados soldados de la SS, sostuvieron que el 8 de mayo de 1945, Alemania se liberó y en un discurso subsiguiente en la Asociación de historiadores de Alemania Occidental les recordó a sus compatriotas que Auschwitz siempre sería parte de la historia alemana.

    Pero el concepto de un Sonderweg alemán fue cuestionado por críticos provenientes de dos orientaciones políticas diferentes. Como vimos antes, la idea de un Sonderweg alemán no fue inventado por Wehler, pero había sido empleado en un sentido positivo por historiadores nacionalistas conservadores en 1914 para proclamar la superioridad de las instituciones políticas de la Alemania Imperial y de las tradiciones intelectuales enraizadas en la filosofía Idealista Alemana por encima de la democracia y el racionalismo occidental. Historiadores como Thomas Nipperdey ya habían advertido acerca del peligro de insistir demasiado en la continuidad de la historia alemana hasta 1933. No había nada inevitable en el nombramiento de Hitler como Canciller del Reich por el Presidente Hindenburg el 30 de Junio de 1933. Desde otra perspectiva, dos jóvenes historiadores marxistas británicos, Geoff Eley y David Blackbourn, en un libro de 1980 Die Mythen der deutschen Geschichte  (Los mitos de la Historia Alemana) desafiaban los presupuestos básicos del Sonderweg alemán según la formulación de Wehler con dos argumentos. Wehler asumió que Gran Bretaña podía servir como modelo para Alemania de una sociedad que siguió el camino normal hacia una democracia política. Pero los historiadores británicos habían demostrado cada vez con mayor claridad que la "interpretación Whig de la Historia" en la que se apoyaban no podía sostenerse. El camino británico hacia la democracia había sido mucho más complicado e imperfecto. Además, y aquí Nipperdey estaría de acuerdo, Alemania era mucho más burguesa en el periodo imperial de lo que admitía Wehler y la sociedad alemana no era muy distinta en estos aspectos de la sociedad británica o la francesa.

    Otro desafío provino de la Alltagsgeschichte (Historia de la vida cotidiana) de la década de 1980. Sus representantes sostenían dos argumentos básicos contra la Ciencia Social Histórica, una referida a los sujetos que consideraba históricamente relevantes, y la otra a su metodología. Profundamente influidos por Max Weber, la Ciencia Social Histórica se ocupaba de las estructuras y los procesos en los cuales los seres humanos individuales desaparecían. La Historia de la Vida Cotidiana, a semejanza de los micro-historiadores en Italia y el Taller de Historia de la Gran Bretaña, quiso escribir una historia de las vidas y los sentimientos de la gente común. Las mujeres también habían de recibir su justo lugar, el cual les había sido negado tanto en las convenciones antiguas como en la más reciente historiografía crítica. Buscaron una alternativa metodológica a las ciencias sociales, una que manejara las experiencias y emociones de la gente real. Así, se alejaron de la dependencia de la Ciencia Social Histórica en la sociología y la economía para acercarse a la antropología social y la semiótica para desentrañar el simbolismo que dotaba a las culturas de unidad. La tarea del historiador, ahora, ya no era explicar sino comprender. Cualquier intento para acercarse a la materia sujeto guiado por preguntas teóricas, tal como lo hacían las ciencias sociales, distorsionaba la comprensión. El historiador como el antropólogo debía confrontar los sujetos de su estudio directamente, sumergirse en ellos, y proceder con lo que Clifford Geertz describe como una "descripción densa." Desde la perspectiva de la Ciencia Social Histórica, esto contribuyó a la irracionalidad metodológica. Aun más, la Alltagsgeschichte con su enfoque hacia la micro-historia fue incapaz de responder a los asuntos apremiantes del mundo político.

    Mientras los historiadores orientados hacia la ciencia social crítica estaban muy abiertos al mundo exterior, particularmente a los países anglo-americanos, se encontraban relativamente ajenos a dos muy diversas corrientes: la cliometría y la posmodernidad. Por supuesto, los historiadores de Alemania Occidental cuantificaban pero las formas extremas de cuantificación de los cliometristas o de la "Nueva Historia Social" o de la "Nueva Historia Política" en los Estados Unidos nunca llegó a prender en Alemania. Tampoco lo hizo el agnosticismo epistemológico de los posmodernos quienes negaron toda coherencia en la historia y en el mundo en el otro extremo.

Quizás una consecuencia no de la posmodernidad pero sí de una suerte de sensibilidad posmoderna fue el elevado interés en la cultura en la década de 1980 y particularmente en los noventas. Las principales corrientes, sin embargo, tuvieron poco que ver con la Alltagsgeschichte. Aunque los elementos culturales se integraron de manera creciente a la historia política y la historia cultural fue puesta en contextos políticos. La Cultura desempeña un papel poco importante en la monumental obra de Wehler Deutsche Gesellschaftsgeschichte (Historia de la sociedad alemana), de la cual tres de sus cuatro volúmenes que llegan hasta 1918 ya han sido publicados. Si bien existen secciones acerca de las mujeres, estas se basan en términos del movimiento femenino organizado, legislación, educación, pero nada acerca de la auténtica vida de la mujer. Paradójicamente, Deutsche Geschichte (Historia Alemana, 1800-1918), de Thomas Nipperdey, escrita desde un punto de vista centrado en la política y las personalidades -cuya frase inicial es "En el principio se encontraba Napoleón" - incluye mucho más acerca de la vida cotidiana. La historia social en Alemania le concedió mucho espacio a la clase trabajadora. A mediados de los ochentas, Jürgen Kocka inició un importante proyecto interdisciplinario acerca de la burguesía en el siglo XIX desde una perspectiva europea comparativa. La burguesía fue tratada no como una clase social y económica sino como una cultura que involucraba enfoques mentales y patrones de vida. El "giro lingüístico" desempeñó también una función, no en el sentido en que había sido entendido por algunos posmodernos en Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia como una reducción de la historia a textos sin ninguna relación con la realidad, sino en términos del papel del lenguaje y el discurso como indicadores del discurso político y de los estados mentales. El ámbito de la historia se ha expandido notablemente en los años recientes para incluir cada vez más aspectos de la vida, al igual que la historiografía fuera de Alemania. Una de estas áreas es la historia de las mujeres que se ha desplazado de la vieja historia del movimiento sufragista e historia del trabajo hacia las experiencias de vida de las mujeres y finalmente al reconocimiento de que el género no es algo biológicamente dado sino que es un constructo social y cultural, y finalmente la transición de la historia femenina a la historia de género que incluye a los hombres. Aun así, la mayor parte de los historiadores alemanes no han abandonado los métodos de las ciencias sociales haciendo preguntas acerca de las conexiones causales sin dejar de lado las preguntas sobre los valores y significados en contextos sociales y políticos.

Finalmente, algunas breves observaciones acerca de la historia en la otra Alemania, la República Democrática Alemana entre 1949 y 1989. En general los trabajos de los historiadores de Alemania Oriental no eran tomados en serio en Alemania Occidental, ni en Occidente en sí, pero tampoco en países del este de Europa como Polonia y Hungría. Una razón importante era que justificadamente se percibía que los estudios históricos en la República Democrática Alemana eran cautivos de una ideología y una dirección política la cual evitaba la indagación académica seria. Pero este severo juicio se justificaba sólo en parte. La retórica Marxista-Leninista de hecho, detenía una confrontación honesta con el pasado. Gran parte de la historia política era evidente propaganda. Mientras que en Alemania Occidental se llevaban a cabo estudios serios acerca del pasado Nazi y su relación con el pasado alemán, en la República Democrática Alemana los historiadores debían usar la fórmula adoptada por el Comintern en 1935, que decía que el fascismo era una función del capitalismo monopólico, un fenómeno internacional sin raíces nacionales particulares. Así, el apoyo que el régimen Nazi había recibido del pueblo alemán, entre ellos los trabajadores, no fue investigado con seriedad. Los alemanes orientales así, hablaban sin ninguna responsabilidad por el pasado Nazi. El fascismo era un término indiferenciado que igualaba al Nazismo y al fascismo italiano. Lentamente con el libro de Kurt Paetzold de 1975, se inició el estudio del holocausto en la República Democrática Alemana. A diferencia de la historiografía en Polonia y Hungría y brevemente en la Checoslovaquia de los sesentas, el pensamiento histórico de la República Democrática Alemana fue excluido de manera generalizada de las discusiones en Occidente. Pero también hubo elementos de los estudios históricos de Alemania Oriental que merecían ser tomados en serio. Las perspectivas Marxistas demostraron ser fructíferas en varias áreas al ser combinadas con una cuidadosa investigación documental. Así, los tres volúmenes de Deutschland im Ersten Weltkrieg (Alemania en la Primera Guerra Mundial), publicados en 1968 hicieron una importante contribución empírica al estudio de la relación entre los intereses económicos de grupos y las políticas y decisiones del gobierno imperial. Fueron particularmente innovadores los estudios emprendidos por algunos académicos que trabajaban desde una perspectiva interdisciplinaria con relación a las historias de la vida cotidiana. Dichos estudios tuvieron un mayor éxito que la Alltagsgeschichte en Alemania Occidental al combinar aspectos etnológicos, económicos y políticos. La reunificación ocasionó que casi todos los historiadores de la República Democrática Alemana fueran descartados, incluyendo a muchos que podían haber hecho contribuciones a la profesión histórica de la Alemana unificada.

 


1 *  "Comments on German Historiography" traducción: Cecilia Zeledón, Rosa Elena Ortiz y Silvia Cano.

 

 

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