Publicación de la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, para contribuir y difundir el conocimiento histórico. Publicación de la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, para contribuir y difundir el conocimiento histórico.

Av. Bolivia 5150 (4400), Salta, República Argentina. TE: ++54(387) 425 5560 Fax 425 5458
ISSN 1669-9041
Es una publicación anual de la Escuela de Historia para contribuir a la divulgación del conocimiento histórico.
Universidad Nacional de Salta
 


REVISTA

ESCUELA DE HISTORIA
Año 2, Vol. 1, Nº 2, 2003

CONFERENCIA

Historia local, historia regional e historia nacional. ¿Una historia posible?

Sara Mata de López

 


 

Introducción

 

Una de las tareas más complejas del historiador es precisamente la definición del universo de análisis. Desde los inicios lejanos inaugurados por Heródoto, a la necesidad de conocer lo que “pasó” con la finalidad de preservar la memoria de los hechos más notables de los pueblos, o de evitar la repetición de  los errores cometidos en el pasado, fue preciso definir un espacio, un lugar, un territorio en la cual acontecieron esos “hechos que merecían ser recordados”. Con la normatización de nuestra disciplina a mediados del siglo XIX y su inclusión entre las ramas del conocimiento científico, a la impronta de la particularidad de los hechos, que continuó conservándose, se agregó el énfasis por alcanzar una objetividad entendida ésta como la “reconstrucción de lo acontecido tal como fue” encubriendo de esta manera la función social de la historia como actividad intelectual legitimadora de la burguesia triunfante que se expresaba en el poder a través de la consolidación de los estados nacionales. Los relatos de los “acontecimientos” particulares se engarzaron así en una secuencia lineal y causística cuya finalidad residía en la construcción de un historia cuya direccionalidad y destino era la NACION, entendida como el pasado común de una sociedad en un espacio definido políticamente. Lo sucedido, la historia, adquiría sentido en la cristalización de ese estado-nación. Se impuso así, casi simultáneamente con la Historia Científica la historia Nacional como el “objeto” de la Historia.

Al repasar la historiografía relativa a la nación argentina, encontraremos que Bartolomé Mitre, el historiador fundante de la historia nacional, utilizará el recurso de la biografía,  el estudio del personaje cuya actuación en el plano militar o político forjará esa nación anunciada y se impondrá por lo tanto como ejemplo a emular. Centrar la atención en un personaje de relevante actuación política considerado “hacedor” de la historia habrá de constituir entonces una vertiente a partir de la cual se intenta reconstruir el pasado “nacional”.  La memorable publicación encarada por la Academia Nacional de la Historia bajo la denominación de  “Historia de la Nación Argentina (desde los orígenes hasta la organización definitiva de 1930) nos muestra un recorte territorial, que se corresponde con los límites jurisdiccionales del estado soberano, como naturalmente dado. Sin embargo, la obra reúne trabajos de carácter monográfico que si se ocupan de temas generales tales como la agricultura o el comercio durante la colonia, por ejemplo, se centran en el Río de la Plata con sumarias referencias a las ciudades del interior, hegemonizando así a la denominada historia nacional desde Buenos Aires. El constructo nación opera entonces como un recorte espacial previo, pero los resultados de esa historia nacional es parcial, y lo más importante cuando se interesa ya sea  por la economía, la producción o la política se centra en el Río de la Plata y la ciudad de Buenos Aires, cuya Historia se fusiona con la Historia de la Nación Argentina.

Me interesa destacar por el momento dos ideas: En primer lugar señalar la consideración de un universo de estudio histórico naturalmente dado, el estado nacional y la práctica historiográfica concreta que estos historiadores llevan a cabo y que tiene como objeto de sus pacientes reconstrucciones documentales y sus descripciones un ámbito más restringido: Buenos Aires y su campaña;  en segundo lugar subrayar la identificación como historia nacional de esa historia circunscripta a Buenos Aires. En ambos casos está implícita una  marcada operación ideológica que tiende a la  hegemonía política y cultural.

Sería injusto no reconocer a la Academia y a Ricardo Levene su  esfuerzo  por reunir en la Historia de la Nación Argentina la Historia de las provincias, entendidas entonces como unidades  espaciales menores, legitimadas de idéntica manera que la Nación y cuya suma constituirían la Nación. Se perfilan así dos niveles de reconstrucción histórica que solo tangencialmente se intersectan.

Frente a esta situación, en las últimas décadas el énfasis con que tradicionalmente se homogeneizaba el discurso historiográfico desde Buenos Aires, comenzó a relativizarse al imponerse la historia regional, como una alternativa válida de los estudios históricos; considerada por muchos historiadores una vía eficaz para superar la dicotomía historia nacional-historia provincial. Nuevamente es necesario realizar algunas apreciaciones al respecto puesto que no es un dato menor que la  Academia Nacional de la Historia suplantara la historia provincial por la historia regional.

Es preciso reflexionar acerca de qué se entiende por Historia Regional, o de qué manera los historiadores hacen historia regional. Frecuentemente puede observarse en algunas estudios históricos regionales que la  región constituye un recorte espacial preexistente al inicio de la investigación. Es posible entonces advertir que no han variado sustancialmente los supuestos que de idéntica manera establecían la legitimidad de la  Historia Nacional. En esta historia regional varía la dimensión y composición (a veces)  del universo de análisis pero ella responde igualmente a un constructo  que como tal contiene un fuerte componente ideológico y legitimador de las clases dirigentes locales. Un ejemplo interesante de esta línea historiográfica la constituye la obra de Armando Bazán, “Historia del Noroeste Argentino” que concibe a la región como REGIÓN HISTORICA, un constructo cultural resultante de un proceso histórico temprano que habrá de mantener su identidad y homogeneidad desde la colonia hasta el presente. Su aporte es significativo en tanto considera a la región como espacio de interacción política, económica y social previa a la nación, y de allí su preocupación por destacar la contribución del noroeste en la construcción de la nación argentina. Nuevamente es posible apreciar que el pasado es estudiado en función de los resultados: la consolidación del estado nacional.  El principal mérito del trabajo de Bazán radica en la perspectiva regional que otorga al proceso político y el peso que atribuye a las elites del “interior” en ese proceso. También es importante su  planteo del espacio nacional como posterior a los espacios regionales, es decir confiriendo al territorio nacional una temporalidad.

Si bien es posible atender a la existencia de un espacio, el Noroeste Argentino en este caso, con una identidad sociocultural definida que lo constituye en Región Histórica,  en tanto constructo histórico reconoce una delimitación temporal y espacial cuya validez para el análisis histórico es fuertemente cuestionable. Aún admitiendo que es una resultante del pasado histórico, la región ha sido y es de perfiles cambiantes en la medida en que se planteen sobre ella problemáticas de diversa índole, (económica, demográfica, política) y por ende requiere una constante definición que evidencia su carácter dinámico y contradictorio. Es en si misma un problema, que se complejiza aún más cuando a la Región Histórica se identifica con la región planificada por el estado nacional en 1967.

Finalmente, si continuamos nuestro sumario recorrido en las escalas espaciales utilizadas frecuentemente por los historiadores habremos de mencionar la historia local, quizás la más prolífica entre los historiadores. No han sido pocos quienes se han iniciado en los estudios históricos indagando acerca de la historia de su localidad, de su pueblo, de su ciudad, fieles a la idea expresada en aquella famosa frase “describiendo a mi aldea, describo al mundo”. Sin embargo muy pocas, de estas en ocasiones monumentales monografías,  lograron trascender el relato de carácter lineal,  cronológicamente ordenado  y escrupulosamente documentado. También frecuentemente habremos de observar que tras el enunciado de historia regional, se ofrece un estudio local, evidenciándose así una notable confusión en relación con la espacialización de los estudios históricos.

En este punto de mi exposición, cabe entonces preguntarse si tal como estamos planteando el problema de la historia nacional, regional y local, son éstas historias posibles.   Antes de dar una respuesta quisiera referirme  brevemente a una cuestión que se encuentra íntimamente relacionada, tan íntimamente que es imposible separarla. Hablo de qué entendemos por hacer historia. Por supuesto esto sería tema para tratar largamente en otra oportunidad, ya que todos sabemos que no existe una única manera de hacer historia, aún cuando algunas de estas maneras pueden considerarse más valiosas que otras. De todos modos es importante señalar que la historiografía que a fines del siglo XIX se ocupó de la nación -y que aún en algunos círculos lo continúa haciendo -considera a la historia como el relato fehacientemente documentado de los acontecimientos más importantes del pasado,  y privilegia entre estos acontecimientos los de carácter fáctico político colocando el acento en el accionar de algunos personajes, sin duda relevantes. Idéntica concepción historiográfica dominó a la historia local y provincial primero y a la historia regional después. Al igual que la historia nacional esta historia regional impuso un recorte territorial como previo al proceso histórico que en última instancia la instituyó a una como estado nación y a la otra  como Región histórica.   

Si la delimitación de la espacialidad se convirtió en un problema a resolver fue gracias al ingreso de la historia en el campo de las ciencias sociales, y la importancia dada a conceptos como mercados, producción, clase social, cambio social, conflicto, poder, identidad y tantos otros procedentes de diferentes disciplinas sociales entre las que primero encontramos a la economía, la demografía y la sociología y más recientemente a la antropología, la teoría literaria y los estudios culturales. Fue así que, abandonando los relatos políticos fácticos considerados importantes para la construcción de la nación, los historiadores se abocaron a los estudios económicos y sociales apoyados en diferentes teorías sociales y económicas, que le obligaron a definir espacios inteligibles para el análisis, que excedían lo local y no se correspondían a los espacios delimitados por soberanías nacionales, jurisdicciones provinciales y regiones históricas.

La historia regional se plantea entonces como una alternativa en los estudios históricos, en tanto la “región” forma parte de una hipótesis de investigación. Al igual que la periodización, supone la fijación de criterios previos a partir de los cuales delimitarla, criterios que se encuentran teóricamente implícitos y que remiten a la historicidad de los espacios, por una parte, pero también a la concepción de la región como un conjunto sistémico, una estructura  -entendiendo por tal un sistema de relaciones, en algunos casos contradictorias- que caracterizan su funcionamiento. Variables como población, producción y circulación mercantil han resultado fructíferas a la hora de explicitar un universo analítico regional. No es casual entonces que los mejores resultados de una historia regional así entendida se hayan logrado en historia económica.

Cabe aquí considerar las contribuciones de la historia regional francesa así como los interesantes aportes de la historiografía latinoamericana y también argentina. Concretamente los estudios de historia colonial andina de las últimas décadas que parten de la hipótesis de conformación regional y articulación en el espacio económico peruano formulada hace dos décadas por Carlos Sempat Assadourian, han sido particularmente importantes. De igual modo son valiosos los estudios históricos regionales referidos a la producción azucarera, la agricultura triguera de exportación o la industria frigorífica y la transformaciones de la producción ganadera, entre muchos otros. En todos los casos las variables utilizadas en la formulación de la región fueron económicas.

  Pero esta historia de colectivos y estructuras, que dejaron de lado al individuo y se preocuparon muy poco de los procesos políticos, luego de una prolongada preeminencia, comenzó a ser cuestionada y considerada insuficiente. La reacción frente a esta historiografía reubicó nuevamente al individuo y a lo particular entre las preocupaciones de los historiadores. De este modo la historia política comenzó a cobrar nuevo protagonismo. Esto no significa de todas maneras considerar nuevamente como válidas espacializaciones dadas por constructos como  nación o región. Muy por el contrario, la nación y la región histórica nos introducen a una discusión teórica insoslayable: la de las construcciones de identidades colectivas en la cual el discurso historiográfico juega un papel trascendental en la medida en que, a través del rescate y del olvido del pasado construye la memoria colectiva de una comunidad. Pero también tienen parte en ella, la literatura, las costumbres, las formas de religiosidad popular, los rituales de las fiestas patrias, y muchas otras prácticas sociales.

Desde la perspectiva de la nueva historia política la organización del estado nación, las políticas económicas, los procesos de transformación del propio estado, su rol social así como las formas políticas y de representación y legitimidad del poder adquieren nueva significación y relevancia. Por otra parte el retorno a lo singular otorga preeminencia al estudio de casos materializado en el individuo y el  lugar. No estamos entonces frente a la biografía tradicional o la historia local monográfica, no es un problema de escala simplemente sino que, tal como lo plantea Jacques Revel, la perspectiva microhistórica, que es a la cual nos estamos refiriendo  “se funda en el principio de que la elección de cierta escala de observación produce efectos de conocimiento y puede llegar a ser el instrumento de una particular estrategia de conocimiento”.

Con estas consideraciones he ensayado algunas respuestas a la pregunta acerca de si la historia nacional, regional y local son historias posibles. Sí lo son, pero con la condición de introducir el problema del espacio y de la escala de análisis entre nuestras preocupaciones teóricas, conscientes que ese espacio que definimos es a la vez una hipótesis a demostrar y un instrumento analítico. En ambos casos se vincularán estrechamente al tema y al problema que nos interese abordar y por lo mismo involucra a nuestras opciones teóricas.

El desafío historiográfico que se impone es el de abordar una historia regional que, a partir de  una conceptualización teórica  adecuada, desmitifique a la Región Histórica, aceptando que para determinados problemas otros enfoques como la microhistoria pueden resultar muy productivos. De igual modo replantearse la historia política significará cuestionar una historia nacional forjada por hombres predestinados o descontextualizada de  procesos macros tanto económicos como políticos.

Sin duda los trabajos que habrán de exponerse en estos días de Jornadas en nuestra Facultad estarán atravesados por las mismas preocupaciones que me llevaron a mí a proponer estas reflexiones en la conferencia inaugural y ojalá logremos entablar en este sentido un diálogo fructífero.

 

 

 

Índice REVISTA 2| Índice REVISTA 3| Índice REVISTA 4| Inicio
ISSN 1669-9041

Cátedras de Historia - Escuela de Historia - Fac. de Humanidades - UNSa - © 2005/2006 Todos los derechos reservados.
www.unsa.edu.ar/histocat  
       histocat@unsa.edu.ar